domingo, 18 de diciembre de 2016

Morfina y yo

Últimamente estoy de mirar hacia detrás quizá para tomar impulso hacia adelante, y es por esto que hoy voy a hablaros de Morfina y de mí. Con permiso claro está de mi mujer, que a estas alturas no creo ya celosa de esta cuasi-mítica relación.


Pues resulta que yo era un joven que comenzaba a centrarse sobre una senda definida después de numerosos bandazos cuando uno de mis segundos padres y a la sazón mejores amigos, Cecilio, me presentó un día en el laboratorio a Morfina. Blanca y hermosa, adornada con unos preciosos anillos fenantrénicos y de apariencia melosa y pausada, Morfina me escrutó desde detrás de un cristal quiero creer que con el mismo asombro con el que yo la admiraba a ella, sabedores ambos (bueno, al menos yo) de que ya nada sería igual a partir de entonces. Bien es cierto que por lo que yo había oído y por lo que el propio Cecilio me advirtió desde el primer momento, Morfina podía ser tan incomparablemente adorable como increíblemente infernal, según el caso, siendo este misterio merecedor de ser desvelado en beneficio de la humanidad (aunque esto pareciera mucho decir). Así que convencido me apliqué a conocer mejor a Morfina, con mucha cautela.


En los años siguientes pude constatar desde la primera fila de la función esa doble cara de Morfina. Vi cómo podía sumir a algunos seres en una quiescencia libre de dolor que denotaba serenidad y hasta felicidad, pero también vi a otros retorcerse, gritar, llorar y saltar con una desesperación ansiosa cuando Morfina les conquistaba y luego les abandonaba(1); tal era el estado en que quedaban, que a veces se convertían en una especie de zombies buscando ciegamente a su antigua amada después de la ruptura (2). Vi a Morfina calmar el dolor y también generarlo. La vi noquear o levantar hasta los cielos a gentes sencillas y a gentes complejas, desde la simple Adenilato Ciclasa (3) hasta el más retorcido de los hampones. Todo esto me previno de intimar con Morfina: la vigilé, la estudié, busqué incluso la manera de sacar lo mejor de ella y neutralizar lo peor (4), pero nunca se me pasó por la cabeza la posibilidad de que nos encamaramos. Nuestro amor/odio se limitó durante muchos años a una observación platónica separada por el mismo cristal del primer día. Evité también implicarme en relaciones profundas con sus amigos o familiares más próximos según los iba conociendo, pues muchos de ellos (como por ejemplo su prima alemana Heroína) tenían bien ganada la oscura fama de ser aún más perversos.


Pasado el tiempo nuestra relación fue desvaneciéndose y lo que iba quedando de ella se tornaba cada vez más negativo. La disolución de nuestro vínculo resultó irremediable el día en que salí al balcón advirtiendo a grito pelado que la dulce Morfina podía llegar a deteriorar irreversiblemente el juicio de sus amantes (5). Fue entonces cuando, poniendo tierra de por medio, me fui a vivir a Ciudad Real: si no se ha compartido lecho, no es difícil alejarse de Morfina. Eso no quiere decir que por aquellos años no la echara de menos a veces, y supongo que fue la lejanía la que iría forjando en mi un sentimiento de nostálgica gratitud hacia ella. Llegué así al convencimiento de que el tiempo que habíamos pasado juntos resultaba al cabo fundamental para poder conocerme tal y como soy hoy en día, como profesional y como persona.


Quizá por ello me alegré mucho cuando hace unos meses nuestros amigos comunes Cecilio (de nuevo él) y Charo nos prepararon un reencuentro sorpresivo en Madrid (6). Resultó agradable en extremo. Morfina seguía tan atractiva como siempre, a pesar de sus milenios, y sorprendentemente había aumentado aún más su popularidad en los últimos tiempos: ahora era más conocida que antes y por esta razón la gente había aprendido a aprovecharse de sus virtudes y a evitar sus defectos, lo que parecía hacerle feliz a ella y también me lo hizo a mí por cuanto en algo había contribuido a este progreso. Dicen mis colegas que ahora Morfina alivia mejor a los desesperados y causa mucha menos desesperación. Ya no se habla con su prima Heroína. Va ganándose la fama de ser, ante todo y sobre todo, una bendición para aliviar el sufrimiento cruel de hombres desafortunados pero bien informados.


A raíz de aquel reencuentro Morfina y yo nos propusimos recuperar lo mejor de nuestra antigua convivencia. No hace ni un mes que volvimos a quedar (7) y a ratificar sin sombra de duda esa voluntad de reconciliación. Pero no me engaño: en mi fuero interno, y sin que a ella le trascienda, sigo sin fiarme de su naturaleza; como el escorpión, creo que no puede evitar que en ocasiones afloren sus instintos destructivos, razón por la cual me he propuesto vigilarla de nuevo desde la sombra para averiguar qué nos hace susceptibles ante sus cantos de sirena (8) y poder seguir advirtiendo a mis semejantes cuándo deben huir de su compañía, por más que el dolor y la desventura aconsejen echarse en sus brazos. Como veis, Morfina y yo parecemos destinados a mantener una relación infinita emborrachada de dialéctica, repleta de juegos ocultos, como en definitiva es muchas veces el amor. Con permiso de mi mujer.


REFERENCIAS

1. Iglesias V, Alguacil LF, Alamo C, Cuenca E. Effects of yohimbine on morphine analgesia and physical dependence in the rat. Eur J Pharmacol 28: 35-38, 1992.
2. Salas E, Bocos C, Del Castillo C, Pérez-García C, Morales L, Alguacil LF. Gene expression analysis of heat shock proteins in the nucleus accumbens of rats with different morphine seeking behaviours. Behav Brain Res 20: 71-76, 2011.
3. Polanco MJ, López-Giménez JF, González-Martín C, Alguacil LF. Yohimbine does not affect opioid receptor activation but prevents adenylate cyclase regulation by morphine in NG108-15 cells. Life Sci 89: 327-330, 2011.
4. Alguacil LF, Morales L. Alpha-2 adrenoceptor ligands and opioid drugs: pharmacological interactions of therapeutic Interest. Curr Neuropharmacol 2:343-352, 2004.
5. Polanco MJ, Alguacil LF, González-Martín C. Pro-apoptotic properties of morphine in neuroblastoma × glioma NG108-15 hybrid cells: modulation by yohimbine. J Appl Toxicol 34: 19-24, 2014.
6. Alguacil LF. Adicción a los opiáceos. Conferencia impartida en el Master de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Madrid. Instituto Cajal CSIC, Madrid, abril 2016.
7. Alguacil LF. Adicción a los opiáceos. Conferencia impartida en el Master de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Madrid. Instituto Cajal CSIC, Madrid, noviembre 2016.
8. Grupo de Investigación Traslacional en Trastornos Adictivos. Proyecto de investigación: “Validación de biomarcadores potencialmente asociados a trastornos adictivos” (PNSD 2016I025), enero 2017-diciembre 2019.

sábado, 7 de mayo de 2016

Larga vida a mi Marula

Hace ya más de 40 años que le vendí una papeleta de rifa a mi abuela Pilar. Le tocó, cobró, y me dio inmediatamente el dinero necesario para que me pudiera comprar aquella guitarra que tanto deseaba. Gracias pues a la generosidad de mi abuela me fui ilusionado hasta el centro de Madrid y en La Tuna, una tienda cercana a Tirso de Molina que desafortunadamente ya no existe, encontré a quien llamaría Marula muy poco tiempo después, en honor a una de mis primeras pseudonovias con quien apenas compartí fluidos biológicos. Marula me ha acompañado desde entonces como una novia asombrosamente fiel, esta vez una novia real, sin prefijo. Durante este largo tiempo ha soportado 12 cambios de domicilio, los cuernos que le puse con una guitarra acústica de 12 cuerdas en los conciertos de mi grupo Resina, el abandono consecuente a mi largo desinterés por la interpretación musical… hasta que un dia, hace poco, la miré fijamente y me dije que no había justificación alguna para tanto desprecio. Así que la cogí con cariño del cuello y se la llevé a Mario, un simpático lutier segoviano con tienda en Usera para que la pusiera guapa. El pasado miércoles fui a por ella con la ilusión de un novio en capilla, y las expectativas se cumplieron. Mario me la devolvió espléndida. Heridas cerradas, clavijero, puente, cejuela y selleta nuevos, tapa y diapasón limpios como patenas…. Y un sonido más claro aún que el del primer día. No sé cómo he podido ser tan cabrón como para tener a Marula abandonada durante tantísimo tiempo. Es un misterio casi tan grande como el hecho de que permanezca aún pegada a la cabecera de su mástil la tira original de DYMO con su nombre. Pero así es y lo mínimo que puedo hacer ahora es prometerle fidelidad por el resto de nuestras vidas, aunque viéndola tan requetechula esto no tenga ningún mérito…. ¡Larga vida a mi Marula!

domingo, 12 de octubre de 2014

Jóvenes investigadores

Esta semana he asistido como invitado a las X Jornadas de Jóvenes Investigadores de Albacete y lo mínimo que puedo hacer es colgar en este blog una entrada acerca de la enorme satisfacción que me ha supuesto poder estar allí. Son admirables la simpatía, la amabilidad, la dedicación, el interés y la transcendencia derrochada por estos muchachos para sacar adelante las jornadas, sus propias carreras y la Ciencia en general desde este remoto sitio de Castilla-La Mancha que pocos españoles y poquísimos extranjeros conocen. Estoy convencido de que su esfuerzo a lo largo de estos años no caerá en saco roto; de momento, científicos tan relevantes como Bengt Winbland en esta ocasión y otros que le han precedido en ediciones anteriores se han ido llevando de vuelta a sus laboratorios de excelencia la mejor de las impresiones sobre el entusiasmo de los científicos jóvenes españoles, quienes desde la escasez y hasta la debacle de los recortes sin fin mantienen su vocación y su esperanza. Estamos en una sociedad podrida por la corrupción en la que se ha visto cómo un único consejero de Caja Madrid era capaz de dilapidar en beneficio propio, en una sola tarde y en negro, el equivalente a un proyecto de investigación sobre el cáncer de tres años de duración; una sociedad en la que, en plena crisis, un único banquero ha podido recibir dinero público en concepto de indemnización por cese de actividad en una cantidad equivalente al salario anual de cientos de becarios predoctorales, sin hablar de pensiones vitalicias. Un escenario ciertamente asqueroso en el que encontrar personas honestas que buscan ganarse la vida con su propio esfuerzo y construyendo además conocimiento en beneficio de la humanidad resulta un hecho más que reconfortante. Ánimo chavales, que llegaréis y además lo haréis muy lejos.

sábado, 8 de febrero de 2014

Siguiendo la estela de la salud

Un viernes por la noche en el Pirineo, hace poco, conocí a un médico que trabaja actualmente en el Hospital Clínic de Barcelona. Una institución que, como otras muchas catalanas, está entre las pioneras de nuestro país en distintos ámbitos, entre los que debo destacar –por resultarme muy próximo- el de la investigación clínica y traslacional. Con frustración y tristeza, nos relató a un grupo de amigos aquella noche que entre los dolorosos recortes que afectaban a la sanidad catalana se estaba camuflando un proceso de privatización mediante el cual parte de los recursos que se aligeraban (disminución de personal, plantas vacías…) se iban compensando mediante la prestación de los servicios abandonados en centros privados concertados. No había en ello ganancia alguna para las arcas públicas: antes al contrario, por cuanto los servicios sanitarios que se prestan en estos últimos centros son probablemente más costosos que los ofrecidos originalmente en el hospital. Imposible por tanto atribuir en este caso al eterno ladrón español la responsabilidad de un mero trasvase de dinero desde manos públicas a manos privadas, sin reportar ningún beneficio claro en el proceso ni a la Generalitat, ni al Estado, ni a los ciudadanos. ¿Y la gente no se mueve? –pregunté-. Pues parece ser que no. Que la gente no se entera muy bien. Que la gente anda anestesiada con el tema de la soberanía, y que mientras se agitan las esteladas bien arriba, te la van colando doblada bien debajo. A mi vuelta de ese fin de semana leí en la prensa nacional la noticia de que la Comunidad de Madrid retiraba su propuesta de privatizar la gestión de la sanidad pública autonómica, girando su política hacia el entendimiento con el sector. Claramente, las múltiples e insistentes manifestaciones de una parte importante de la ciudadanía y su proyección en los tribunales habían cosechado sus frutos. Imposible evitar una comparación entre dos hechos tan próximos en su naturaleza y en el tiempo: era éste para mí un caso más, muy claro y muy cercano, que demostraba cuál debería ser la estela a seguir por la gente corriente (catalana, española o de donde fuere) para defender sus conquistas frente a los oportunistas que buscan beneficio en medio del lío, y por el contrario cuál es la estela ilusoria que dejan los fuegos fatuos.

lunes, 8 de abril de 2013

UNA TRAYECTORIA CLARA PARA EL INVESTIGADOR SANITARIO EN BENEFICIO DE TODOS

En fechas recientes ha visto la luz un informe de avance sobre el seguimiento y evaluación del programa de contratos Miguel Servet, elaborado por el Grupo de Investigación en Evaluación y Transferencia Científica (ETC) en el que se integran investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS) (1). Este importante documento es fruto de un proyecto financiado por el Instituto de Salud Carlos III cuyo principal objetivo es determinar el papel real que juegan los investigadores a tiempo completo en nuestros hospitales; en este sentido, hay que tener en cuenta que el programa Miguel Servet es hoy en día el principal instrumento que posibilita la incorporación de dichos investigadores a las instituciones sanitarias, y por tanto el examen de su desarrollo proporciona indicadores muy relevantes sobre aspectos clave de la investigación sanitaria en nuestro país.


Entre los principales resultados que se recogen en el informe del ETC, los autores destacan la reducción en las expectativas de estabilidad que los investigadores reflejan en sus cuestionarios; de hecho, se trata de la principal debilidad del programa percibida por los encuestados. Además, si se tiene en cuenta que estos últimos no se encuentran aún en su último año de contrato al rellenar las encuestas, las cifras obtenidas presagian un mal dato al final del mismo (que tiene seis años de duración). Estos relevantes hallazgos vienen a confirmar de una forma objetiva mi percepción (y la de otros compañeros) de que existe una inestabilidad extrema en la investigación traslacional de nuestro país, por cuanto los principales actores de la misma tienden a abandonar el barco o son instados a ello por las circunstancias. Recordemos que la investigación traslacional es aquella que trata de aplicar con la mayor rapidez posible los avances de la Ciencia básica a los problemas reales de salud de la población, acercando así el laboratorio a la clínica (2); en este contexto, resulta imprescindible incorporar investigadores básicos a los hospitales y que su interacción con los clínicos llegue a producir un lenguaje y unos intereses comunes en beneficio de los pacientes. Si los básicos no llegan a los hospitales o salen de ellos la investigación en salud se debilita, agravándose así aún más en el sector sanitario la preocupante situación del sistema general de I+D+i, ya muy mermado de base por los recortes de recursos públicos y privados que se derivan de la crisis económica y de las políticas que se están aplicando en relación con la misma. Esto es, en sanidad no sólo son escasos los recursos, sino que falta además un perfil definido específico que oriente la carrera profesional de aquéllos que pretendan ser investigadores a tiempo completo (a diferencia de lo que ocurre en universidades u otros organismos como el CSIC).

Hay que precisar que este problema no es nuevo ni mucho menos. De hecho, la clarificación del perfil del investigador sanitario está en el ánimo de diversas iniciativas legislativas en el ámbito de la Ciencia y es desde hace años la principal reivindicación del colectivo de profesionales que se agrupan en torno a la Asociación Nacional de Investigadores Hospitalarios (ANIH) (3), entre otras asociaciones de investigadores. Lo que está ocurriendo en el día de hoy es que se está dando una exacerbación aguda de la patología, por hablar en términos propios de nuestra jerga. En mi caso en concreto he podido vivir el problema con toda su intensidad en el ámbito de Castilla-La Mancha,en donde en poco más de tres años se ha pasado de la euforia y la expansión a una debacle escalonada en la que las convocatorias regionales de proyectos y contratos de personal investigador han desaparecido, un número significativo de investigadores pre y posdoctorales no han visto renovados sus contratos o han sido directamente despedidos y algún investigador del programa Ramón y Cajal no ha sido estabilizado a pesar de haber dibujado una trayectoria excelente. Y eso sin entrar en detalles mucho más escabrosos, como la temporal (espero) desaparición de la financiación externa obtenida en convocatorias competitivas por los grupos de investigación de la región.

No me gustaría que mi reflexión se utilizase de forma partidista, interpretándose como una crítica a la gestión de un grupo político determinado, ya que no me interesa demasiado quién tiene la culpa de la situación en la que estamos, sino la forma de salir de ella. Así, creo que resultaría muy útil regular de una vez por todas la carrera profesional del investigador sanitario contemplando distintos niveles de progreso en la misma y dotándola de un futuro menos incierto, independientemente de que la disponibilidad de fondos permitiese ofertar muchas o pocas plazas en un momento dado. Esto es, el horizonte debe quedar claro tanto si es prometedor como si es paupérrimo, por tanto no se trata de un asunto principalmente económico. Quizá sería también el momento de pensar en una financiación mixta de la renta del investigador profesional, componiéndola con un fijo mínimo y una cantidad variable en función de los resultados para huir así definitivamente de la excesiva funcionarización y del café para todos. En Ciencia existen múltiples indicadores objetivos para hacer esto limpiamente y aprovechar además los instrumentos de evaluación para reforzar la dedicación en aquellas parcelas que son más deficitarias en nuestro sistema (por ejemplo, la generación de patentes explotables).

Un nuevo modelo de regulación debería también abrirse para dar cabida a los clínicos que tratan de compatibilizar trabajos de investigación y labor asistencial en el hospital o en atención primaria. Sin ellos apenas podrían existir ni la investigación clínica (obviamente) ni tampoco la investigación traslacional, y sin embargo hoy en día apenas existen incentivos para favorecer una tarea que debería conllevar beneficios tangibles para la carrera profesional (complementos económicos, puntos para concursos de plazas, reducción de actividad asistencial, etc.). Es más, como recientemente propuse en un foro organizado por la Fundación Gaspar Casal el pasado 30 de enero, creo que sería de gran interés potenciar mucho más las actividades de investigación dentro de los programas formativos de las especializaciones sanitarias, siguiendo así el modelo americano.

En definitiva, no sólo son económicos los problemas a los que nos enfrentamos para consolidar la investigación en salud, y en el capítulo de personal se reúne una buena parte de las mayores dificultades. Abordarlas con la mentalidad y el ánimo de crecer está en mano de cualquiera de nuestros gestores sanitarios, cada uno a su nivel.


REFERENCIAS

(1) Grupo de Investigación en Evaluación y Transferencia Científica CSIC/CCHS (2013). Seguimiento y Evaluación del Programa de Contratos “Miguel Servet”. Informe de avance. Accesible en: http://www.investigacion.cchs.csic.es/miguelservet/es/news (8 abril 2013)

(2) Alguacil LF, Salas E, González-Martín C (2011). ¿Qué es la investigación traslacional? Apuntes de Ciencia (Boletín científico del HGUCR). Accesible en: http://apuntes.hgucr.es/2011/07/01/%c2%bfque-es-la-investigacion-traslacional/ (8 abril 2013)

(3) Asociación Nacional de Investigadores Hospitalarios http://www.anih-es.org/

domingo, 13 de enero de 2013

Nacionalismo y Nazionalismo


En estos meses vivo con desilusión, tristeza y alarma el triunfo de las ideas nacionalistas en Cataluña.

Siempre he considerado muy positivo para todo el país que los catalanes “tiraran” del resto de nosotros en tantos y tantos campos. Tengo entre mis referentes más significativos a muchos catalanes individuales o en grupo: no concibo el teatro sin Els Comediants, Els Joglars o La Fura, ni la música y la poesía sin Serrat, o la ciencia sin Fuster, Guinovart o Massagué, por poner sólo algunos ejemplos que me vienen enseguida a la cabeza, casi sin pensar. En muchas de estas personas reconozco un cierto estereotipo que me he definido a mi mismo como el “catalán universal”: original, inteligente, abierto; amante de su tierra, como no puede ser de otra manera, pero al mismo tiempo global en sus concepciones sobre el hombre y el mundo, y por ende muy poco interesado en poner fronteras donde no las hay (más bien en derruir muchas o todas las que hay). De este “catalán universal” siempre he recibido buenas sensaciones, siempre le he sentido muy cercano, le he admirado y he buscado su complicidad. Otros catalanes a los que siento tan cercanos o más aún que los anteriores son mis familiares y amigos de allí, algunos de los cuales sino la mayoría son también claramente “catalanes universales”. Me gustaría que la inmensa mayoría de catalanes tendiera hacia ese perfil exactamente en la misma medida que lo deseo para el resto de la humanidad; por eso, cuando percibo que el modelo triunfante puede ser otro, en primer lugar lo que me domina es la desilusión.

El modelo nacionalista antepone el concepto nación a cualquier otro a la hora de identificarse y establecer objetivos, esto es innegable porque en caso contrario los nacionalistas se harían llamar de otra manera. Lo universal existe, pero queda por detrás: lo primero es la Patria, un concepto que me chirría. Las proyecciones de este modelo deberían ser obvias: en el campo de la solidaridad, por ejemplo, antes ser solidario con un nacional que con un extranjero, independientemente del grado de necesidad de uno y otro. El modelo nacionalista personalmente me desagrada: preferiría así que se gastasen mis impuestos en un colegio en la India antes de que se usaran para engordar la jubilación millonaria de un banquero español. Y viniéndome más cerca, desde luego prefiero subsidiar a un jornalero andaluz desempleado antes que contribuir a asfaltar el acceso a la finca particular de un madrileño adinerado. La historia nos enseña claramente que el nacionalismo es ante todo un invento burgués destinado a cimentar la primacía económica de un grupúsculo endémico en detrimento de algún otro poder económico que se califica como foráneo, quedando todo lo demás en un segundo plano. El dinero debe quedar en casa, cómo se reparta luego es secundario. Ante tal prioridad aquellos grupúsculos, actuando como élites locales, han exhibido a lo largo de la historia argumentos étnicos o lingüísticos para aglutinar en torno a ellos a todos los nacionales, contraponiéndolos a un cierto “enemigo” exterior de distinta raza o lengua que amenaza desde el otro lado de una frontera a menudo imaginaria. Un engañabobos que puede resultar muy atractivo convenientemente envuelto en una bandera de colorines llamativos. Los nacionalistas –españoles, catalanes, alemanes…- no me son pues simpáticos porque mis prioridades y mis valores son otros, y allá donde triunfan veo derrotada la solidaridad entre los pueblos, el mestizaje y la riqueza de la diversidad. El juego es triste aunque a veces parezca simplemente cómico, como ocurre en aquellas ocasiones en las que los padres de la Patria llegan a deformar la historia y la realidad de una manera tan grotesca que cualquier librepensante puede llegar a retorcerse de la risa. A pesar de todo esto, los nacionalistas no son necesariamente mis enemigos. Sólo lo son cuando se convierten en nazionalistas.

El cambio de la “c” por la “z” ocurre cuando el orgullo por lo “propio” se ve superado por la emergencia del rechazo ante lo ajeno, de tal forma que el desprecio o el desdén (ya de por sí odiosos) crecen desaforadamente hasta llegar a la persecución y la marginación del distinto. Este último se convierte así en el estereotipo de la maldad y de la agresión hacia la Patria, y merece por tanto ser fulminado. Hablamos de los nazis alemanes – y de todos sus votantes adocenados- versus los judíos en los años 1930, por poner un ejemplo reconocido universalmente (podrían reconocerse otros muchos). ¿Es esto lo que pasa en Cataluña hoy día en relación con los españoles? Afortunadamente no; hasta la fecha todas las reivindicaciones nacionalistas, incluyendo la búsqueda de la independencia, vienen fluyendo por cauces democráticos y son por tanto legítimas e intachables porque se baten en la arena de la libertad. Pero ojo: ¿Podría llegar a ocurrir? Desgraciadamente sí.

Cuando afirmo que esta amenaza es real es porque he visitado páginas y blogs de nacionalistas catalanes y he visto claramente que en muchas de sus mentes va anidando la odiosa “z”. Se comienza dibujando mapas un tanto inocentes de Cataluña o los Estados Unidos Catalanes y discutiéndose los territorios que deberían incluirse o excluirse (una discusión hilarante), pero se continúa afirmando cosas tales como que todos los españoles son sangrientos personajes amantes de dar muerte a los toros mientras que todos los catalanes son ilustres humanistas (esto ya empieza a ser tan triste como cómico), hasta llegar a utilizarse expresiones como “están cagados” “vamos a por ellos” y otras de este tipo, ya claramente nazionalistas. Los individuos nazionalistas, en tanto que potenciales agresores de otras personas, son fascistas y por tanto enemigos de cualquier amante del Hombre. Y conmino a todos, catalanes, españoles y personas de cualquier otro origen, a combatirlos activamente siempre, desde la razón o incluso desde la fuerza si llegase el caso de que pasaran a agredir a cualquier ser humano. Estemos atentos, por favor.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Ciencia básica y aplicada: ¿Cuál es la progresista? ¿Cuál la conservadora?

El artículo de opinión firmado en EL PAIS del miércoles 24 de agosto por los profesores Carlos Martínez Alonso y Javier López Facal pone de nuevo sobre el tapete un debate antiguo e inconcluso. Un debate en el que, a mi modo de ver y según las épocas, las posiciones conservadoras o progresistas en torno a la naturaleza de la actividad investigadora pueden fluctuar tanto como para tornarse irreconocibles. El encendido elogio de la ciencia básica, progresista en este momento a los ojos de los autores mencionados, se opone a un supuesto modelo conservador en el que la aplicabilidad arrincona los buenos valores de equidad, transparencia o capacidad crítica intrínsecos a la investigación fundamental en beneficio del mercado. Esta línea de pensamiento viene repitiéndose en los últimos años en distintos foros desde los que investigadores principalmente básicos tratan de contrarrestar la “única” política pública que penaliza un tipo de investigación sin aplicabilidad evidente o inmediata para primar la investigación aplicada. Cierto es que si esa política es en efecto única y de dichas características, está llamada a empobrecer el acerbo cultural y el progreso de la humanidad. Pero ese escenario no debe hacernos olvidar que existe otro peligroso extremo, históricamente prevaleciente en nuestro medio, en el que la tradición ha pesado tanto como para apoyar incondicional y sesgadamente a unos pocos grupos en ocasiones anclados perezosamente a una ciencia fundamental mediocre, siguiendo una dinámica que tampoco parece inteligente, justa o progresista. Llegado este momento me parece conveniente refrescar la memoria en este sentido.

La investigación denominada “aplicada” con frecuencia se produce en la industria y de forma característica se traduce en patentes, que de ser explotadas pueden redundar en un beneficio para la población a corto plazo. En principio, no parece que haya nada malo en dicha aplicabilidad: ¿Quién no desea que sea su hijo antes que su bisnieto el primero en poder mejorar su calidad de vida beneficiándose, por ejemplo, de los efectos de un nuevo medicamento? Diversos estudios e informes sobre la actividad investigadora reciente en nuestro país han puesto de manifiesto un incremento notable de las publicaciones científicas en campos como la Biotecnología que sin embargo no se ha acompañado de un impulso proporcional en el número de patentes, lo que tiende a mostrar que la aplicabilidad inmediata de nuestros esfuerzos es aún escasa y así parece que lo progresista consistiría precisamente en incrementarla para mejorar nuestro Estado de Bienestar, al menos (aunque no exclusivamente) en el corto plazo. Pero hay fuertes obstáculos para avanzar en esta dirección. Por una parte, la investigación industrial privada en campos como el farmacéutico (uno de los sectores productivos más innovadores) goza en general de muy mala prensa, sin que se hayan podido o sabido discutir ni contrarrestar los deletéreos efectos de relatos, películas o novelas como “El jardinero fiel” de un genial Le Carré. Me atrevo a pronosticar algo semejante tras el estreno de “El origen del planeta de los simios”. Muy a menudo, tampoco los investigadores que trabajan en compañías privadas son lo suficientemente bien valorados ni por la población en general ni, lo que es más grave, por el establishment científico oficial, autoproclamado en ocasiones guardián de los valores de la Ciencia Pura. El viernes 26 de agosto, también en EL PAIS, se hacía notar la poca movilidad existente en el mercado laboral español entre la empresa privada y la administración pública, y esto puede llegar a la parálisis cuando hablamos de investigación: así, como evaluador y como evaluado, puedo atestiguar en primera persona que la universidad y las agencias públicas de evaluación de la investigación tienden a menospreciar la investigación industrial aplicada en el currículo de aquéllos que pretenden colaborar con la academia, en detrimento de trayectorias clásicas de perfil básico más ajustadas a la tradición. Como resultado de lo anterior, el intercambio de conocimientos y tecnología entre el mundo de la industria y el mundo académico y científico oficial está a menudo seria e injustificadamente limitado, con el consiguiente empobrecimiento para todos. Justo es reconocer que este problema excede a nuestras fronteras como ha puesto de manifiesto la propia Unión Europea identificando las dificultades en la incorporación de profesionales de la industria a la docencia universitaria como una traba importante para el desarrollo de medicamentos innovadores. Pero aún sin ser un fenómeno exclusivo de nuestro país, el divorcio cobra aquí singular importancia dada la raquítica contribución de nuestras empresas a la actividad investigadora global, lo que tiende a conducir a la extinción del investigador aplicado en ausencia de un nicho ecológico propio, público o privado.

Otro punto que querría destacar es que la investigación fundamental no es intrínsecamente buena y deseable en todos los casos, ni mucho menos. Les propongo un ejercicio: visiten Vds. la página web de los premios Ig Nobel (http://improbable.com/ig/) y lean por favor los títulos de artículos de investigación (mayoritariamente básica) que allí se recogen; ahora, escojan uno de ellos que les haya hecho mucha gracia, y supongan que ha sido subvencionado a fondo perdido por un estado cuyos ciudadanos sufren carencias en relación con la asistencia sanitaria o los subsidios de desempleo, pongamos por caso. ¿Les sigue haciendo gracia la situación? Pues créanme que puede que sea real. En una magnífica conferencia pronunciada por Manuel Toharia en la Residencia de Estudiantes hace algunos años a la que tuve el placer de asistir, el orador expuso con su habitual brillantez tres fuentes de las que nunca debe beber la Ciencia de forma exclusiva en su búsqueda de la verdad: La Autoridad (lo que dicen los autores prestigiosos es automáticamente reconocido como verdad), la Tradición (lo que siempre se ha dicho se asume que es verdad) y la Revelación (ya que la verdad revelada es artículo de fe, y objeto por tanto de la Religión). Pues bien, me atrevo a afirmar que en nuestro mundo real, y especialmente en algunas áreas de conocimiento, la Autoridad y la Tradición han funcionado como poderosos imanes capaces de acumular los recursos públicos en torno a grupos básicos muy determinados, sin que la calidad ni la proyección potencial de sus propuestas fuese siempre objetivamente superior a las de otros grupos, y sin que la productividad científica de los privilegiados haya justificado en muchas ocasiones la continuidad de la financiación. Más que Escuelas, esos grupos han tendido a formar Familias. Afortunadamente, en los últimos años se ha avanzado de forma importante en la corrección de estos sesgos y ya se empieza a ver, por ejemplo, que los grupos más improductivos de instituciones públicas de investigación empiezan a perder espacio de laboratorio en beneficio de los más productivos. Pero hay mucho que avanzar aún por esta senda, muy especialmente en la Universidad.

El propósito de todas estas reflexiones no es otro que el de contribuir a mitigar una posible tendencia a establecer asociaciones dicotómicas simples entre ciencia básica, progresismo, academia y bienestar, por un lado, y entre ciencia aplicada, conservadurismo, industria y mercado, por otra. Mi percepción es que artículos como el mencionado de los profesores Martínez y López Facal refuerzan dicha tendencia en la población aún sin pretenderlo. Y me consta que no lo persiguen, como muy bien demuestra la trayectoria del propio profesor Carlos Martínez, capaz en su momento de alojar todo un equipo de investigación de una industria farmacéutica en el seno de su propio departamento del Centro Nacional de Biotecnología, decisión fuertemente criticada por aquel entonces. Si hay que establecer binomios ni siquiera es estrictamente válido el formado por ciencia básica y ciencia aplicada, por cuanto método científico sólo hay uno, toda investigación fundamental es potencialmente aplicable a corto, medio o largo plazo, y todo avance tecnológico puede terminar fundamentando la Ciencia (como la máquina de vapor hizo con la Termodinámica, ejemplo muy querido al prestigioso historiador de la Ciencia José Manuel Sánchez Ron). La actividad científica es simplemente buena o mala, y lo que es perentorio en un momento de dificultad económica es asentar los mecanismos objetivos que permitan identificar y potenciar la primera aunque ello conlleve que los grupos “de siempre” puedan encontrar más dificultades para financiarse.