En pura lógica no puedo recordar bien nada de lo que escribo a continuación, pero el vívido relato de mi padre grabó de forma indeleble en mi mente una historia en la que la mezcla de realidad y ficción adquiere un dramatismo tal que su mera evocación me sigue estremeciendo como el primer día.
Una noche de principios/mediados de los años 60 estuve al parecer al borde de la muerte. En mi fantasía -total o sólo parcial- me veo encamado en la alcoba de mis padres en General Pardiñas, 3, una escena difuminada en blanco y negro. Vivíamos en un piso pequeño y muy modesto, totalmente interior y oscuro, muy oscuro. Esto último sí que lo recuerdo muy bien. Sólo unas cortinas separaban la cama de mis padres del pequeño salón que se asomaba a un patio estrecho y sombrío. Al salón se abrían un cuartito y una cocina que comunicaba con un baño minúsculo. Andaban por allí una nevera de hielo y un fogón que mi padre me enseñó a evitar de una forma quizá demasiado expeditiva. Si alguien piensa que el barrio de Salamanca de Madrid está poblado exclusivamente de mansiones, se equivoca.
A decir de mi padre, en esa noche que pudo ser trágica hubo una especie de ángel que entraba y salía y me auscultaba y acariciaba mi frente. Una y otra vez. Y según mi padre no descansó hasta asegurarse de que viviría. Ese ángel fue el Doctor Javier Quintero Lumbreras. Mi padre me contó esto repetidamente con una inmensa veneración hacia la figura de ese hombre que, independientemente de su saber, dedicó apasionadamente su vocación y su sentimiento a la obra de salvar una vida, en este caso la mía. Oyendo hablar así mi padre, a quien yo veneraba, preso de la emoción, el nombre de Javier Quintero Lumbreras ya no se me olvidaría jamás. Se convirtió para mí en el sinónimo de un héroe y su profesión, la Medicina, recabaría mi admiración ya para siempre.
Muchos años después estaba yo realizando mis estudios de doctorado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Alcalá cuando volví a escuchar por casualidad el nombre de aquel médico. Recuerdo que me sobresalté y me puse inmediatamente a indagar cómo poder encontrarme con él. Pude finalmente hacerlo y tuve así la oportunidad de transmitirle personalmente mi inmenso agradecimiento y mi admiración por su buen hacer profesional y, sobre todo y ante todo, por su calidad humana. Él se emocionó, yo me emocioné, y quedó así adecuadamente saldada esa deuda que tenía yo contraída desde lo más profundo de mi subconsciente. Deseo profundamente que aquel reconocimiento le resultara reconfortante y le certificara que el calor humano, del que él andaba sobrado, nunca se olvida.
Después de aquel encuentro mágico perdí la pista del Dr. Quintero. Leí acerca de su brillante trayectoria profesional, de su visión innovadora y de su legado en el campo de la Psiquiatría infantil, continuado por su hijo Javier Quintero Gutiérrez del Álamo. También tuve noticia de su desaparición, una de las heridas más profundas entre las que voy acumulando. No sé en qué medida mi testimonio puede ser significativo, pero no quiero ni puedo dejar de intentar que la memoria de Javier Quintero Lumbreras quede suficientemente honrada por mi parte, y que el orgullo que sus descendientes sienten ya con toda seguridad por venir de donde vienen sea un poquito mayor aún, si cabe. Si algo he hecho bien en mi vida en buena parte se lo debo a él, así que muchas gracias Dr. Quintero a Vd. y a todos los médicos vocacionales que nos cuidan con su Ciencia y su Humanidad.
jueves, 13 de enero de 2022
miércoles, 8 de septiembre de 2021
La impresionante figura del profesor Cuenca
Empezaba el curso académico 1983-1984 cuando llamé por primera vez a la puerta del despacho del profesor Eduardo Cuenca Fernández. Meses antes había sido fichado por su discípulo Cecilio Álamo para hacer la tesina y la tesis doctoral en el Departamento de Farmacología de la Universidad de Alcalá, pero la iniciación efectiva de este proceso requería de forma ineludible la aprobación expresa de su director. Así que allí estaba yo una vez superada la travesía del desierto que se extendía desde el apeadero de RENFE hasta los prefabricados donde se ubicaban los despachos y laboratorios de la Facultad de Medicina. Nunca podré olvidar la imagen de Cuenca sentado en su mesa una vez franqueada la entrada, su gesto grave, su tono de voz aún más grave, su conversación infinitamente grave pero al tiempo pausada y amable. Tengo también grabado el cartelito sobre su escritorio que rezaba “Prof. Eduardo Cuenca”, anuncio un tanto redundante (¿de quién si no podría tratarse?) y amarillento (realmente no sé si ya tenía este color por aquél entonces o lo adquiriría luego en mi memoria). El caso es que fui aprobado y allí empezó una de las etapas más importantes de mi vida.
Durante mis años de doctorado el profesor Cuenca me impresionaría más veces. Tuve la inmensa suerte de acudir a varias de sus clases, y puedo afirmar con rotundidad que en todas ellas sin excepción logró captar completamente mi atención y la del resto de la audiencia con su excelente narrativa científica. Recuerdo muy especialmente una de ellas en la que abordó de forma pormenorizada el mecanismo de acción de la guanetidina y el bretilio. Se trataba de fármacos prácticamente en desuso y en un juicio rápido quizá alguien le hubiese condenado por emplear una hora en esto, pero la realidad es que todos salimos del aula con la sensación de haber disfrutado de un baño de Ciencia y con una mayor conciencia de lo que era y representaba la Farmacología. Sólo un gran maestro logra estas cosas. En otra ocasión el viejo profesor tenía ganas de hablar y me cogió por banda para contarme a solas su experiencia en los Estados Unidos: lo vívido de su relato, en el que se mezclaban anécdotas personales con experimentos de laboratorio y situaciones clínicas, resultaba de un poder descriptivo apabullante. Cuenca era el rey de la elocuencia.
Tuve algunas discrepancias con él. No fue precisamente un co-director ejemplar de tesis (el otro co-director de mi trabajo, mi maestro Cecilio Álamo, se comería el 99% de la tarea), y en una ocasión posterior, cuando yo ya era profesor asociado del departamento, envió una circular sobre la falta de implicación del profesorado que me resultó francamente ofensiva por confundir injustamente churras con merinas. Así se lo hice saber en un tenso encontronazo, primero por escrito y luego presencial. Pero estas cosas quedarían finalmente casi en anécdotas ante la evidencia de que el apoyo de Cuenca, aceptándome primero en su grupo y respaldándome después en convocatorias de becas y concursos de méritos, sería a la postre fundamental en mi carrera profesional. Con el tiempo tuve la oportunidad de reconocer públicamente a Cuenca su maestría y su mentoría en varias reuniones científicas, y no dudé en hacerlo, con él presente en alguna ocasión. También le expresé ese mismo reconocimiento y agradecimiento cuando acudí encantado a la comida-homenaje que le organizaron sus discípulos más directos cuando se retiró, y en la misma línea le dediqué unas palabras elogiosas en mi libro sobre la investigación biomédica en España publicado no hace mucho. Aún así, creo que no le he devuelto todo lo bueno que se merecía, lo que me produce una inmensa amargura ahora que la terrible circunstancia de su desaparición no deja oportunidad de retornarle nada más en vida. Con él se nos va una de las más importantes referencias de la Psicofarmacología española, un hombre sobresaliente que hizo escuela y cuya figura será sin duda glosada con mayor propiedad y acierto por otros profesionales más competentes e importantes que yo. A mi sólo me queda desearle buen viaje, querido profesor: deja Vd. huella en nuestras mentes y en nuestros corazones.
miércoles, 24 de febrero de 2021
La Cañada de día
En la mañana del pasado domingo volví por la Cañada Real con un pequeño grupo de jóvenes amigos empeñados en ampliar y profundizar el contacto humano con los yonquis. Aparcamos los coches y desplegamos una pequeña carga de ropa de mujer junto al dispositivo de reducción de daños de la Comunidad de Madrid. Allí contactamos con un médico muy joven, con un enfermero veterano y con varios auxiliares (los domingos no vienen trabajadores sociales) convenientemente pertrechados de alimentos, “kits” para un consumo seguro (compresores, cazoletas, chutas), metadona, y otros medicamentos y material de apoyo. No se trataba de simples empleados, no eran robots: conocían el nombre de los que merodeaban y acudían al puesto, les trataban con deferencia, se alarmaban si alguno de ellos dejaba de acercarse a recoger su medicación. Nos enseñaron y explicaron las características de lo que tenían allí instalado y nos trataron con tanta amabilidad como a sus pacientes. Como ciudadano de Madrid, me enorgullece su labor. Lástima que se desarrolle en condiciones tan precarias.
Un poco más allá el Ayuntamiento de Madrid despliega unos barracones concebidos para proporcionar una mínima higiene a los usuarios, que deben estar necesariamente registrados para hacer uso de la instalación. Esto último nos lo explica una trabajadora ante nuestras dudas: se trata de dar cobertura a quien lo necesita sin promover una actitud acomodaticia de quien bien podría buscarse la vida fuera de aquí. Un enfoque comprensible, pero… ¡qué difícil establecer una línea divisoria mínimamente objetiva!
Abro los ojos como platos para que llegue bien el panorama a mi cerebro. Lo que por las noches iluminan brevemente las hogueras, ahora de día queda plenamente al descubierto: las basuras, los escombros, los chabolos, las tiendas de campaña, todos estos seres humanos que deambulan su desgracia ante nosotros. Conseguimos un contacto muy cercano con algunos yonkis, que nos cuentan sus historias. La debacle de Claudio, el naufragio de un argentino enamorado de España y golpeado sin piedad por la pandemia. Una de las chicas que hace uso de nuestra ropa y de las duchas municipales pasea su renovado palmito ante nuestra alegría. Pero mis amigos, que tienen un corazón que no les cabe en el pecho, están muy preocupados por Ana, una yonqui que conocieron el pasado fin de semana y que no termina de salir de su tienda. Advertidos de la circunstancia y conocedores del caso, los sanitarios de la Comunidad saltan desde sus puestos preocupados por una posible sobredosis o algún otro problema y se lanzan hacia su tienda de campaña. Falsa alarma, afortunadamente. Nadie lo nota, pero a mí se me encoje en ese mismo momento el alma ante el drama de unos y la empatía y solidaridad de otros.
Mis obligaciones familiares me obligan a dejar el lugar un poco antes de que sanitarios y voluntarios se dispongan también a salir de allí. Nuevamente me encuentro emborrachado de sensaciones a las que debo dar algún sentido, y sobrecogido por esta tragedia humana de la que no puedo sustraerme. ¿Cómo puedo ser más útil? Debo pensar…
martes, 8 de diciembre de 2020
Bajarse al barro: una noche en la Cañada Real
Salimos a eso de las 21 horas en mi coche desde la Parroquia de Santo Tomás rumbo a la Cañada Real. Íbamos tres, entre ellos mi guía en aquella noche, una persona excepcional a quien triplicaba yo la edad. En poco tiempo dejamos la A-3 siguiendo algunas indicaciones hacia Valdemingómez, y luego de algún vericueto por las vías adyacentes mi copiloto señaló un hueco en el murete de la izquierda por el que había que introducirse para dar con un camino de tierra sembrado de baches. Entrábamos así al sector 6. Enseguida vimos la cruz de la Iglesia de Santo Domingo de la Calzada a nuestra izquierda, junto a un punto de luz que resultó ser un foco sobre la furgoneta de Bocatas. Una fila de coches aparcados en batería dejaba un hueco cercano donde pude encajar el mío.
Los voluntarios de Bocatas habían desplegado ya junto a la furgoneta una hilera de mesas cubiertas con alimentos, y lo habían hecho con una celeridad sorprendente ya que no se nos podían haber adelantado mucho más de 10 minutos. Yogures, bocadillos, zumos, lácteos, y el prominente perolo con un guiso de patatas caliente – y de excelente sabor magrebí- que se había cocinado por la tarde en la parroquia con la contribución de mi chica, de nuestra conocida Ana (sorprendentemente encontrada por allí con un dedo rebañado) y de otros muchos habituales. En perpendicular al “buffet” de la comida, otras mesas ofrecían todo tipo de ropa donada. En medio un voluntario administraba una caja con mantas, defendiéndolas del pillaje no sin dificultades. Varias hogueras alumbraban el lugar, la más cercana a unos diez metros de la furgoneta, junto a la Iglesia cuyo muro parcialmente quemado dejaba testimonio de una lucha reciente entre familias del poblado. Una tienda de campaña indefinible hacía triángulo. Otra hoguera alumbraba enfrente a unos cuarenta metros y otra más hacia el fondo de la escena, en la negrura de lo que debía ser el cogollo de chabolas, de las que sólo se adivinaban algunas siluetas entre otras luces puntuales y aisladas. Entre las personas que allí nos concentrábamos avispeaban varios chicos en su mayoría gitanos montando bulla sobre bicicletas que derrapaban a escasos centímetros de nosotros, o correteando por el mismo tejado de la iglesia desde el que lanzaban en alguna ocasión objetos indeterminados contra el suelo que al estallar creaban una alarma puntual. El tenso ambiente que se respiraba, frío y oscuro sólo unos pocos metros más allá de este pequeño bullicio, hubiera hecho comprensible cualquier incidente en cualquier momento. De hecho, nadie se sorprendió al escuchar un fuerte silbido de bengala y ver salir un humo denso del interior de un automóvil que bien podría haber ardido completamente. Tampoco nos sobresaltaron las collejas que se llevó uno de aquellos revoltosos chavales convenientemente vapuleado en legítima defensa por un gitano grande de los nuestros, ni sus gritos de indignación mientras se alejaba ofendido para volver peligrosamente enrabietado. Completaban el paisaje los coches que de cuando en cuando entraban y salían del poblado con aire siniestro.
Pero lo verdaderamente sobrecogedor de estar allí fue percibir la llegada intermitente de todos aquellos yonquis destruidos. Famélicos y desdentados los más, casi todos con ese cabello lacio y ralo tan característico aflorando tímidamente bajo los gorros. Miradas enajenadas. Uno de ellos llevaba las huellas de una pelea en el rostro. Otro toda su ropa embarrada. Una mujer muy deteriorada remataba su vestimenta imposible con unos irónicos botines rojos de fiesta. Otro más allá, en contraste, aún sonreía y hasta tenía buen aspecto (lleva poco tiempo por aquí, me dijeron los voluntarios más expertos). Los yonquis recogían los alimentos, mantas y ropas en bolsas y en su mayoría tomaban su guiso caliente allí mismo, donde quizá se sentían un poco más protegidos al menos durante un rato antes de retirarse de nuevo al pozo negro del que habían brotado. Me llamó la atención cómo daban las gracias. Viéndolos, no les concebía yo ningún futuro.
El resto de los habitantes que se acercaba al lugar conformaba el vivo retrato de la exclusión social. Entre los revoltosos gitanillos alguno muy bajito y aparentemente muy joven aireaba un grave problema nutricional mientras rugía su vozarrón curtido que sonaba a derroche de tabaco. Algunos magrebíes montaban tertulia con aquellos de sus paisanos que venían con nosotros, de forma mucho más callada. Yo me despegaba de mi guía de cuando en cuando para hablar con unos y otros voluntarios de variado pelaje: chicos y chicas jóvenes “españoles” (las mozas singularmente asediadas por los gitanillos) junto con magrebíes, gitanos, colombianos o negros, personas de mediana edad y en el extremo algunas pocas cercanas a mi quinta luciendo buenas canas a la par que un entusiasmo intacto. Había quien llevaba mucho tiempo haciendo esto, otros apenas algunas semanas. Un puñado de unas treinta personas en total que en su conjunto me hacían sentirme orgulloso de ser humano. En la hoguera hablé más detenidamente con Jesús (Chules) y Nacho sobre las adicciones; ambos estaban en el origen de Bocatas y procedían de Comunión y Liberación. Es curioso, en apenas dos semanas había conocido por una razón u otra a varias personas de ese movimiento haciendo cosas maravillosas con marginados sociales de forma totalmente altruista; eso por si me quedaban dudas de quién llega efectivamente a los sitios más recónditos y duros de la existencia humana, y de porqué lo hacen.
La noche avanzaba y los yonquis iban dejando de acudir a nuestro tinglado. Entonces se hizo un círculo en el lugar para que Chules, con sus manos sobre los hombros de dos gitanillos, recalcara a los allí presentes la trascendencia de lo que había ocurrido y dirigiera un Ave María antes de disolvernos. Lo que ocurrió no sin antes recibir una bizarra reprimenda de una patrulla de la Policía Nacional que nos conminaba a abandonar el sitio a la mayor brevedad. Ya en el coche serpenteé por algunos viales detrás de otros compañeros hasta entroncar con la A-3 de vuelta a Madrid, sintiendo desde ese mismo instante el reconfortante aliento de la civilización recobrada.
Nada de lo que pasó esa noche me era totalmente ajeno. En su momento y por diversas razones tuve la oportunidad de conocer la realidad de los poblados marginales en Madrid o la sordidez de supermercados de drogas como el “polígamo” de Granada. Había sentido la violencia de las bandas juveniles del otro lado del Manzanares, y desde luego había tenido muy cerca la devastación de la heroína en los años 70 y 80 junto a las trágicas siluetas de sus víctimas. Todo eso lo reviví de alguna manera, pero por encima de ello descubrí el impagable valor de aquellas personas que habían elegido la solidaridad humana ante cualquier otra cómoda perspectiva para un viernes convencional. Ya se lo había oído a un yonqui en un vídeo: “podrían estar en una discoteca, pero están aquí, con nosotros”. En este infierno, añado yo. Estas personas, con Chules y Nacho al frente, deberían remover conciencias y merecen desde luego mi más profunda admiración, que me gustaría fuera la admiración de todos.
Debemos secundarles.
martes, 20 de octubre de 2020
Buenas noticias en el tratamiento de la COVID-19
Hace unos días recibíamos con preocupación los resultados preliminares del ensayo Solidarity, que ha venido a descartar efectos terapéuticos prominentes de los fármacos en estudio frente la COVID-19. Esta misma mañana sin embargo se han comunicado en el Hospital de la Princesa los prometedores resultados previos del estudio APLICOV, un estudio clínico en fase 2 con plitidepsina, realizado íntegramente en hospitales de nuestro país, y del que se había difundido una nota previa hace unos días. En un post anterior ya había comentado que este fármaco de investigación nacional exhibía propiedades interesantes sobre las RNA polimerasas virales in vitro, habiendo demostrado un efecto antiproliferativo preliminar en modelos experimentales de infección por coronavirus. Aunque el mecanismo de acción no está completamente establecido, parece probable que implique la interacción del fármaco con la proteína eEF1A2. Es importante también recordar que ya existe en el mercado un medicamento (Aplidin) para el tratamiento del mieloma múltiple cuyo principio activo es también plitidepsina, lo que permitiría acelerar el desarrollo de una posible aplicación antivírica del producto al existir registro previo de su seguridad en una amplia muestra de pacientes. Pues bien, de acuerdo a los clínicos involucrados en el estudio APLICOV, las dosis ensayadas de plitidepsina parecen suficientemente seguras en humanos (el efecto adverso más frecuente son las náuseas, al parecer bien controlables) y además eficaces a la hora de reducir sustancialmente la replicación del SARS-CoV-2 cuando se prescriben en el estadio inicial de la infección. Esta reducción de la carga viral podría prevenir o limitar la fase inflamatoria subsiguiente y con ello la gravedad de la enfermedad: de hecho, el 80% de los pacientes del estudio fueron dados de alta en menos de 15 días y mostraron una evolución satisfactoria hasta el día 30 desde el inicio de la prescripción. Quiero citar aquí la participación en el estudio del hospital HM Montepríncipe y en concreto del equipo de mi compañero el Dr. José Barberán, quien ha estudiado 8 pacientes cuya evolución ha sido, en sus propias palabras, magnífica. Todos los clínicos implicados señalan la necesidad de impulsar cuanto antes la autorización de la fase 3, que podría solicitarse a las agencias reguladoras en no demasiadas semanas. Vamos a ver qué ocurre, pero desde luego sería una gran alegría que los laboratorios Pharmamar y la investigación clínica nacional aportasen al mundo el primer antivírico realmente efectivo frente a la COVID-19. ¡Suerte!
domingo, 20 de septiembre de 2020
Ino
Cuando hace 25 años desembarqué entre los González-Arranz-Martín-Pinela, perdidamente enamorado de Carmen, no podía imaginarme cuántas cosas buenas más me iban a suceder brujuleando por aquella nueva familia. Sin duda, una de las mejores sería tener la oportunidad y el privilegio de conocer a Ino.
Mucho tiempo después de nuestro primer encuentro en Carbonero, Ino se convertiría para mí en un sinónimo de cercanía, de calidez, de simpatía, de sinceridad, y sobre todo de generosidad. Esta última atribución se la oí repetidamente a varias personas el día de sus bodas de oro con Nestor, otra persona excepcional, lo que añade peso y verosimilitud a mi juicio. Diría también que Ino era un ejemplo de sencillez y austeridad, aunque para cuadrar esto último con exactitud tendría que olvidarme de sus zapatos. Ino era una persona única.
Hablé mucho con Ino, y recuerdo con cariño las veladas en nuestro pueblo alrededor de la mesa camilla o al calor de la chimenea, cuando exhibía su memoria privilegiada para describirnos los más pequeños detalles de los más lejanos acontecimientos transcurridos en Cantimpalos, en Segovia, o en los colegios por los que pasó. Siempre sonriendo, siempre ordenándome devorar todo lo que quedase de comida por los alrededores: cómete esto, cómete aquello, con esa voz tan divertida y amable y esa mirada tan tierna.
Hoy Ino se nos ha ido. Puedo intuir el inmenso dolor de su marido, de sus hijos, de sus nietos. El inmenso dolor de su hermana, de sus sobrinos. Y aunque no sea desde luego comparable, quisiera unir a él la enorme sensación de vacío y tristeza que estoy seguro queda en los corazones de quienes, sin ser de su misma sangre, la conocimos tanto como para haber deseado serlo de alguna manera. Buen viaje tía Ino, ninguno de los que te conocimos te olvidaremos jamás.
El Área de Farmacología de la Universidad San Pablo CEU cumple 25 años: De cómo empezó todo
En la primavera de 1995, discretamente, el Jefe del Departamento de Farmacología del Centro de Investigación Justesa Imagen toma medidas de los muebles de su laboratorio. Pero es sorprendido por una auxiliar que, temiendo quizá algún tipo de reconversión maléfica en la empresa, le interpela con un punto de angustia: ¿Pero qué haces?
Lo que pretendía aquel individuo que ahora suscribe este texto no era transformar el lugar sino diseñar un nuevo laboratorio de Farmacología para la Facultad de Ciencias Experimentales y Técnicas de la Universidad San Pablo CEU, en connivencia con Pepe García de los Ríos, eminente microbiólogo y entrañable amigo que nos ha dejado recientemente. Habíamos recibido ese encargo del Decano de dicha Facultad, Emilio Herrera. En el horizonte cada vez más cercano se contemplaba mi incorporación al CEU con el fin de organizar no sólo la docencia de nuevas asignaturas del Área de Conocimiento de Farmacología en la licenciatura de Farmacia (aún no se hablaba de grados), sino también con la intención de arrancar alguna línea de investigación en este campo. Algunos años antes el Director General de la Fundación Universitaria San Pablo CEU y el Rector de la Universidad, José Luis Pallarés y José Tomás Raga respectivamente, habían encomendado a su vez al profesor Herrera construir una Facultad nueva sobre los cimientos del antiguo Colegio Universitario que coordinaba Emilio Novella en Montepríncipe. La tarea ya emprendida no estaba resultando nada fácil por muchas razones que exceden el propósito de estas líneas. Obviamente la expansión exigía incorporar nuevas personas y entre los criterios selectivos que Herrera venía aplicando se apreciaba un claro sesgo hacia perfiles con más peso en investigación, toda vez que este último pilar era el más débil en el antiguo Colegio.
En septiembre del curso 95/96, hace exactamente 25 años, aterricé finalmente como estaba previsto en una Facultad cuyas instalaciones distaban aún mucho de parecerse a las de un campus de Ciencias de una universidad al uso. Tres pequeños edificios dotados de algunos laboratorios exiguos con vocación natal exclusivamente docente, pocas aulas, despachos de profesores todos juntos y apartados de los laboratorios, como en un instituto de enseñanza media. Infraestructuras comunes casi inexistentes más allá de un embrión de estabulario y una minúscula cafetería. Un pequeño conjunto en suma pegado a un colegio repleto de niños que era mucho más prominente en presencia, ruido y transcendencia. Y casi ningún aroma de actividad investigadora, que había de buscarse con determinación para encontrarse. Poder contribuir de alguna manera a la reconversión de aquello suponía desde luego un gran reto, y eso reconozco que me supuso un aliciente irresistible, dada mi inclinación natural a construir cosas. Afortunadamente concurrían también elementos más que prometedores: los profesores del Colegio tenían por lo general una enorme vocación y una amplia experiencia docente y las clases prácticas que allí se impartían eran inmejorables, por lo que puede afirmarse que el punto de partida en materia de docencia era excelente. Por otra parte, habían sobrevivido por allí algunos meritorios francotiradores capaces de convertir sutilmente los laboratorios docentes en investigadores día tras día y como por arte de magia cuando se dejaban de impartir las prácticas, cultivando proyectos y tesis y formando tras de sí equipos comprometidos. Con los profesores y alumnos convivía un grupo entusiasta de administrativos, bedeles y otro personal de servicio entre los que quiero destacar a otro Pepe, Pepe Gamero, atleta y hostelero, ya que con el tiempo se convertiría en uno de mis mejores amigos.
Emilio Herrera me tenía reservada una doble sorpresa: en vez de incorporarme a tiempo parcial lo haría a tiempo completo, y además habría de encargarme no sólo de la responsabilidad del Área de Farmacología, sino también de la dirección del nuevo Departamento de Bioquímica, Fisiología y Farmacología. Esto último me lo vendió inicialmente Emilio como algo provisional con fecha de caducidad en enero de 1996, aunque cumplido el plazo anunciado no se produjo el relevo y seguiría yo en el cargo; es más, terminaría encadenando la dirección de un departamento tras otro sin solución de continuidad y bajo el mandato de distintos Decanos hasta enero de 2009. Pero dejemos esto último para centrarnos en el Área de Farmacología en sí. Por aquél entonces se impartían en Montepríncipe las prácticas de Farmacología de la licenciatura de Medicina del Colegio Universitario que seguía adscrito a la Universidad Complutense. Nuno Henriques las acogía en su laboratorio de Genética y las organizaba e impartía junto con sus colaboradores siguiendo un guión espléndidamente elaborado por él mismo y por la profesora Coronación Rodríguez Borrajo. Aquello fue primordial para poder ir montando las nuevas prácticas de Farmacia con el apoyo de Nuno y los suyos y con los mismos mimbres, ya que hasta el curso siguiente no tendríamos laboratorio propio al haber quedado encuadrados en la segunda tanda de adjudicaciones de un edificio B aún en proceso de reforma y ampliación. La falta de laboratorio nos obligó por otra parte a implantar la nueva línea de trabajo en dolor y drogodependencias entre el Animalario de la Facultad y los huecos de los laboratorios de Orgánica o de Bioquímica que nos despejaban y cedían nuestros compañeros de esas áreas con la mejor voluntad. A todos ellos quedaremos eternamente agradecidos.
Habrá observado el lector que en un momento determinado he pasado del singular al plural, y es que difícilmente hubiese podido encargarme de todo esto yo solo, máxime si tenía que ejercer al tiempo un esfuerzo adicional de gestión que no estaba previsto. Consciente del panorama, Emilio Herrera obtuvo de la Fundación una plaza adicional de profesor de prácticas para el área, y gracias a la existencia de becas internas de investigación (que en buena parte a él se deben también, como tantas otras cosas buenas), pudimos presentar un candidato a la convocatoria correspondiente y obtener una de ellas. Para la plaza de profesor seleccionamos a Lidia Morales, quien procedía como yo de la industria farmacéutica (lo que aseguraba muchas y muy buenas “manos”), y quien por supuesto tenía la firme intención de hacer una tesis doctoral, condición sine qua non para unirse al proyecto (terminaría obteniendo el Premio Extraordinario de Doctorado). La beca de investigación fue a parar a Carmen Pérez, aterrizada por aquí desde la Universidad Complutense gracias al consejo de la profesora de Farmacología Marisol Fernández Alonso. Al margen de su tesis, Carmen también se implicaría a fondo en la docencia completando así un equipo cohesionado. El trabajo de aquellos meses funcionó convenientemente: al final del curso teníamos ya datos experimentales para enviar a congresos e incluso para publicar in extenso, la asignatura de Farmacología General se había sacado adelante con éxito (aquellos alumnos terminarían eligiéndome padrino de su promoción) y sobre todo se habían sentado las bases sobre las que edificar un futuro sólido en los cursos siguientes. Todo ello contribuyendo además a que los objetivos más globales de la Facultad y de la Universidad se fueran sedimentando: oferta de doctorado, formación continuada, etc. etc.
Acabo así una breve reseña de cómo se sucedieron las cosas en aquellos días. Ya en el curso siguiente la carga docente y la actividad investigadora del área experimentarían un incremento más que significativo, y esa sería la tendencia hasta la actualidad cuando la progresiva ampliación del panel de profesores ha permitido llegar a un escenario en el que se imparten numerosas asignaturas de diversos grados y posgrados, mientras que no sólo una sino varias líneas de investigación están fuertemente implantadas. Al frente tenemos a un joven profesor que ha dejado de ser una apuesta de futuro para convertirse en un magnífico timonel, así que sólo puedo esperar más y más éxitos de este grupo de compañeros y quedar satisfecho y convencido de que la obra iniciada hace 25 años ha merecido la pena.
domingo, 10 de mayo de 2020
Tratamiento farmacológico de la COVID-19: no demasiadas novedades aún
Hace un mes publiqué un resumen actualizado de las tendencias farmacoterapéuticas en torno a la COVID-19, y no me resisto a la tentación de repasar el estado actual de la cuestión a día de hoy. Los ensayos clínicos que entonces comentaba han ido avanzando, y con ellos los primeros resultados han permeado a los medios de comunicación a veces más como un culebrón interesado que como algo serio. Así vimos cómo se reportaron inicialmente resultados prometedores con el antivírico remdesivir (las acciones del laboratorio propietario, Gilead, subieron), luego se filtraron datos de falta de efecto desde la OMS (las acciones de Gilead bajaron), y recientemente el fármaco se aprobó en Estados Unidos para su uso de emergencia frente a la COVID-19… sobre la base de una exigua eficacia. La FDA, agencia que regula el uso de medicamentos en aquel país, basa su decisión en el hecho de que el remdesivir (inicialmente desarrollado frente al virus del Ébola, lo que omití comentar en mi anterior post) reduce el tiempo medio de estancia en el hospital desde los 15 días del grupo control hasta 11 días, sin que haya evidencia de una reducción de la mortalidad. Lejos está la cosa de aliviar nuestras preocupaciones más importantes.
En espera de que los ensayos en marcha vayan aportando evidencias, algunas nuevas hipótesis y líneas de trabajo han ido emergiendo. Sobre todo hay que destacar que nuestros médicos siguen acumulando conocimiento empírico sobre el manejo de la enfermedad desde el barro de la batalla en la que se desenvuelven a diario. Ha ganado así terreno el interés sobre el componente tromboembólico de la enfermedad que surge de las observaciones clínicas y se ha visto reforzado en última instancia por las autopsias que se han realizado en países como Italia. Muy bien explica la situación el Dr. Páramo, presidente de la Sociedad Española de Trombosis y Hemostasia, quien subraya el dato de que la mortalidad entre los pacientes de COVID-19 se asocia a un incremento en los niveles de dímero D, un indicador de coagulopatía. La asociación es incuestionable y fuerza el planteamiento de estrategias anticoagulantes futuras basadas en la evidencia, si bien ya se van instaurando sobre la marcha algunas aproximaciones previas fundamentalmente relacionadas con el uso preventivo de heparinas de bajo peso molecular. Resumiendo, parece que se va armando cada vez mejor una triple estrategia farmacológica frente a la enfermedad: la de los agentes que se enfrentan al propio virus, la de los fármacos que atenúan el subsiguiente síndrome de activación de macrófagos, y la terapia anticoagulante. Pero tendremos que esperar acontecimientos porque no han surgido aún balas mágicas por ninguna parte, y nuestras esperanzas más realistas siguen centrándose en la consecución de alguna vacuna.
Aunque este último no es mi campo, cualquiera puede detectar fácilmente el abrumador esfuerzo que se está realizando. El Instituto Milken mantiene actualizada una base de datos que acabo de consultar y que recoge 123 vacunas experimentales de distinta naturaleza que están actualmente en estudio; algunas de ellas han alcanzado ya la fase clínica como el plásmido INO-4800 de Inovio Pharmaceuticals, dos vacunas chinas basadas en virus inactivados, dos basadas en vectores víricos no replicantes (de un consorcio británico y otro chino) y dos basadas en RNA (capitaneadas por Moderna y por Pfizer). A esto hay que añadir otras dos aproximaciones con células presentadoras de antígenos desarrolladas por el Shenzhen Geno-Immune Medical Institute. En nuestro país, los laboratorios de Mariano Esteban / Juan García Arriaza y de Luis Enjuanes / Isabel Sola en el Centro Nacional de Biotecnología se afanan meritoriamente con los mismos objetivos. Ante tanto empuje uno tiende a esperar algún resultado a medio plazo. La casualidad hizo que la semana pasada topara (a dos metros de distancia) con un inversor de una de las compañías que están desarrollando una de las vacunas anteriores, quien me transmitió cierta euforia acerca de los datos preliminares de tolerabilidad de su producto (los primeros datos fiables de eficacia tardarán algún mes que otro).
Hay más cosas que comentar, aunque no demasiadas. Hoy mismo Daniel Mediavilla escribe en El País sobre el panorama de los medicamentos biológicos, en el que destacan como posibilidades más plausibles el uso de plasma obtenido de pacientes y el desarrollo de nuevos anticuerpos monoclonales destinados a bloquear el virus. Si se requiere una revisión de cierta profundidad científica al respecto, yo remitiría al lector a la publicada esta misma semana por Kenneth Lundstrom en Biomedicines (8: 109, 2020), de acceso libre, en la que se comentan además las posibilidades de la silenciación génica (lo que consiste, básicamente, en impedir que el material génico del virus se exprese). También ha cobrado cierta difusión en los medios la “hipótesis nicotínica” de la COVID-19, ciertamente elegante pero con pies de barro. A esta hipótesis que sugiere un posible efecto beneficioso de la nicotina sobre la COVID-19 me he referido en detalle en otra entrada de este blog (bit.ly/2zJePT6) y en una entrevista en Cuídate Plus (https://cuidateplus.marca.com/bienestar/2020/05/08/fumar-protege-coronavirus-173353.html). Baste para resumir la trascendencia actual de esta hipótesis la nota de prensa difundida el pasado martes por el Ministerio Sanidad, supongo que alarmado por la posibilidad de que al personal se le ocurriese ponerse a fumar igual que a otros les dio por ingerir desinfectante allende nuestras fronteras (creo). Dice la nota textualmente que “los supuestos efectos protectores de la nicotina frente a la COVID-19 no tienen evidencia científica”. Por el momento queda así bien zanjado el asunto.
En resumen, habrá que seguirse manteniendo necesariamente expectantes, pero también razonablemente esperanzados.
viernes, 1 de mayo de 2020
Tabaco, nicotina y COVID-19
Hace unos días saltó a los medios de comunicación generalistas la posibilidad de que el consumo de tabaco, y presumiblemente la nicotina que contiene, disminuyan los riesgos asociados a la COVID-19. La noticia tuvo una gran repercusión, entre otras razones, porque abría una nueva hipótesis de trabajo (la “hipótesis nicotínica” de la COVID-19) respaldada nada más y nada menos que por Jean-Pierre Changeux, un reconocido científico que ha pasado gran parte de su vida investigando los receptores nicotínicos (en adelante, nAChR). Son estos receptores proteínas de membrana a las que se une el neurotransmisor acetilcolina para ejercer buena parte de sus efectos tanto en el sistema nervioso central como en la periferia; la nicotina participó en su descubrimiento, les puso nombre, se une también a ellos, y como la acetilcolina los estimula provocando respuestas celulares parecidas (es lo que se llama un agonista de dichos receptores). Un medio de comunicación me ha pedido mi opinión al respecto y por ello he buceado en la literatura científica esta soleada mañana del primero de mayo, en espera de poder salir a correr en la mañana que viene (algo que me apetece tanto o incluso más).
Desde luego que existen interesantes antecedentes que podrían avalar la “hipótesis nicotínica” y un posible efecto benefactor de la nicotina, pero me temo que la relación con la COVID-19 es por el momento tan sólo indirecta. De hecho, las propias observaciones clínicas sobre las que se construye la hipótesis no son del todo convincentes. Se parte de un análisis de consultas y hospitalizaciones por COVID-19 en el área de Paris que tienden a mostrar una menor proporción de afectados entre los fumadores que la que sería esperable si se toma como referencia la proporción de fumadores de la población francesa. Los números son ciertamente sugerentes, pero no acaban de concordar con el resto de los estudios publicados hasta la fecha: en este sentido, a lo largo del mes de marzo se han publicado un meta-análisis y una revisión bibliográfica de los estudios más rigurosos sobre la posible asociación entre consumo de tabaco y COVID-19, todos ellos realizados en China, y que en su conjunto recogen datos de un número de contagiados que sobrepasa de largo el millar de personas. La conclusión es que fumar o haber fumado no parece disminuir la severidad de la COVID-19; en todo caso la agravaría. Habrá por tanto que esperar más estudios poblacionales para acabar de dilucidar la cuestión.
Al margen de la epidemiología, las evidencias que sostienen la “hipótesis nicotínica” son, como digo, indirectas. Los autores sugieren que el SARS-CoV-2 podría unirse al receptor nicotínico actuando éste como puerta de entrada a las células, de forma alternativa (o complementaria) a ACE2, la puerta más aceptada actualmente; para ello subrayan algunas semejanzas entre algunas secuencias de la proteína S del SARS-CoV-2 y los dominios de las proteínas del virus de la rabia y de la bungarotoxina que están implicados en la unión de ambas proteínas al nAChR. Sin embargo, no se ha documentado una interacción directa entre SARS-CoV-2 y nAChR, y por otra parte las semejanzas aludidas están lejos de ser espectaculares. Los autores recogen también publicaciones que describen una disminución de la expresión de ACE2 por parte de la nicotina, pero tampoco se ha demostrado que esto pueda influir sobre el potencial infeccioso del virus; es más, algunos autores han observado un incremento de ACE2 en fumadores que no encaja muy bien con la hipótesis. Otro conjunto de estudios sugiere que se puede establecer una relación causa/efeto entre un déficit funcional de los nAChR en el sistema nervioso central y en los macrófagos y una “tormenta de citoquinas” semejante a la desplegada por el SARS-CoV-2, de forma que la nicotina podría corregir este déficit incluso antes que los anti-inflamatorios que se vienen ensayando en la enfermedad. Desde luego que esta “vía colinérgica anti-inflamatoria” está bien documentada y es posible que su mal funcionamiento contribuya a las manifestaciones patológicas de diversas enfermedades, aunque aún no se encontrado una relación directa con el síndrome por activación de macrófagos de la COVID-19. A todo lo anterior se añade el hallazgo empírico de que la ivermectina, un modulador alostérico de nAChR, inhibe la replicación de SARS-CoV-2 “in vitro”; aunque también interesante, se trata de un dato muy preliminar y que lleva a uno a preguntarse qué ocurre al respecto con la propia nicotina, un dato que no parece existir cuando podría aportarse con un ensayo no demasiado dificultoso.
Parece ser que sobre la base de la “hipótesis nicotínica” se van a realizar varios ensayos clínicos en Francia con aproximadamente 2.000 implicados. Ojalá despejen del todo la incógnita y además resulten positivos, ya que esto nos beneficiaría a todos. En cualquier caso conviene recordar que una cosa es la nicotina y otra el tabaco, cuya combustión genera gran cantidad de sustancias químicas tóxicas aparte de la propia nicotina. Si alguna vez se demuestra que la nicotina tiene algún efecto beneficioso en esta u otra enfermedad, desde luego nunca se aplicará fumando, eso es seguro. Quizá en chicles, parches o comprimidos. Y siempre teniendo en cuenta que la nicotina es una sustancia adictiva, otro problema sobreañadido que los propios impulsores de estos ensayos reconocen desde el principio.
martes, 7 de abril de 2020
Fármacos para el tratamiento de la infección por SARS-CoV-2 (COVID-19). Un repaso rápido a 7 de abril de 2020
Me preguntan por este tema con cierta frecuencia, así que he resuelto colgar un comentario general en mi blog y hacerlo accesible a través de twitter. Todos los días oímos hablar de la intensa actividad investigadora que se está desarrollando para tratar de desplegar alternativas terapéuticas eficaces frente al COVID-19. Nuestros médicos se baten todos los días desde las trincheras blandiendo y repartiendo armas que no sabemos si llegan a diezmar al enemigo, lo que me imagino debe generar ansiedad y hasta desesperación -eso sí, puntuales- tanto a ellos mismos como al resto del ejército sanitario que les rodea, profesional y emocionalmente pegado a nuestros pacientes. En cuanto a la efectividad real de la munición específicamente farmacológica de que disponen, y dejando aparte las vacunas que ya se están ensayando y que son nuestra principal esperanza para el futuro, las evidencias científicas directas ciertamente escasean, aunque el esfuerzo por encontrar nuevos tratamientos con bases sólidas es descomunal: así, solamente en nuestro país han sido recientemente autorizados 15 ensayos clínicos que están comenzando a reclutar personal y datos en estos días, alguno de ellos imbricado con iniciativas internacionales muy amplias como sucede con el ensayo SOLIDARITY promovido por la OMS, quizá el más publicitado y conocido.
Todos estos ensayos se basan en la utilización de fármacos que podrían actuar a dos niveles: o bien como antivíricos, dirigidos a detener la infección en sí desde sus primeros pasos o a lo largo de su avance, o bien como fármacos mitigadores de las consecuencias inflamatorias de dicha infección, muy en particular la descomunal activación de los macrófagos y la “tormenta de citoquinas” que están detrás de las reacciones más graves. En cuanto a los antivíricos, se están ensayando fármacos que han demostrado previamente actividad en modelos animales o en humanos frente a virus más o menos emparentados con el COVID-19, principalmente otros coronavirus patógenos para el hombre (SARS-CoV-1, MERS-CoV) y el VIH, otro virus RNA. Entre los fármacos que están recibiendo mayor atención están aquellos como el remdesivir que apuntan a la actividad de la RNA polimerasa viral, con el fin de detener su función y la replicación del virus. También son puntos potencialmente sensibles para la supervivencia del patógeno las proteasas implicadas en su maduración, diana de combinaciones farmacológicas como lopinavir/ritonavir, darunavir/ritonavir o darunavir/cobicistat. Por otra parte, se ha postulado que la cloroquina (así como la hidroxicloroquina, análogo más potente y mejor tolerado, y quizá también la mefloquina) podría actuar de una manera más inespecífica alterando la penetración del material genético viral en las células del huésped como consecuencia de una modificación del pH en los endosomas que contienen las partículas víricas; teóricamente se trataría de un mecanismo interesante para abortar la infección en estadios iniciales o incluso antes de llegar a producirse, siendo así estos fármacos potencialmente profilácticos al igual que lo son sobre la malaria. Otros antivirales como la rivabirina o el interferón aparecen también en la lista del arsenal, aunque en este caso principalmente como posibles coadyuvantes de los tratamientos anteriores con el fin de incrementar la eficacia de la aproximación terapéutica principal. Con respecto a los antiinfecciosos como la azitromicina, hoy por hoy su principal interés parece residir en el control de posibles co-patógenos bacterianos implicados en la neumonía, fundamentalmente durante las primeras horas de evolución.
En cuanto a la segunda estrategia terapéutica principal, hoy sabemos que los casos más graves de la enfermedad están íntimamente relacionados con una activación de los macrófagos que conlleva la liberación masiva de citoquinas proinflamatorias como IL-6, IL-2, IL-7, IL-10 o TNF-α. En teoría, cualquier medicamento capaz de limitar los efectos de una o varias de estas citoquinas podría ayudar a limitar las consecuencias de la enfermedad, en mayor o menor medida. Los corticoides (fármacos muy utilizados, baratos y de amplia disponibilidad) parecen así útiles ya que mitigan la liberación de varias de estas citoquinas, mientras que los anticuerpos monoclonales tocilizumab o sarilumab (fármacos mucho menos asequibles) han cobrado protagonismo por bloquear específicamente la que parece citoquina “protagonista” de este equipo maléfico, la IL-6.
Una de las ventajas de todos los fármacos apuntados más arriba es que están ya autorizados para otros usos en humanos, lo que está facilitando su ensayo sobre el COVID-19. Pero la realidad es que a día de hoy su efectividad no está demostrada (alguno de ellos está defraudando ya en la práctica, de hecho) y ninguno está exento de producir reacciones adversas que pueden llegar a ser notables, máxime en condiciones tan debilitantes como las que exhiben los enfermos graves. De hecho, el conocimiento actual de las relaciones beneficio/riesgo de estos tratamientos conduce por lo general a las sociedades científicas a no recomendarlos por el momento, al margen claro está de los pacientes enrolados en los ensayos clínicos. Es importante señalar que algunos de estos fármacos son realmente un arma de doble filo por la naturaleza de sus efectos sobre el sistema inmune: es el caso de la cloroquina y sus congéneres e incluso los propios esteroides, cuyo momento exacto de aplicación a lo largo de la evolución de la enfermedad podría ser crítico. En este sentido, el uso de esteroides está indudablemente recomendado ante complicaciones graves como exacerbación de asma o choque séptico refractario, pero desde las trincheras nuestros médicos parecen inclinarse cada vez más por ampliar sus condiciones de uso introduciendo una corticoterapia precoz a pesar de las recomendaciones iniciales de las guías clínicas.
Existen fármacos más novedosos que quizá podrán ayudarnos en el futuro, pero probablemente no a corto/medio plazo. Algunos de ellos manejan dianas menos exploradas, por lo que exceden el pretendido alcance de este leve repaso. Solamente por mencionar un ejemplo que proviene de la investigación nacional citaré a la plitidepsina, principio activo del Aplidin, un medicamento autorizado en Australia para el tratamiento del mieloma múltiple. Este fármaco bloquea la proteína eEF1A2 que entre otras muchas cosas parece potenciar la función de las RNA polimerasas virales en las células infectadas. Por el momento plitidepsina ha mostrado actividad preliminar in vitro frente a la proliferación de un coronavirus relacionado con el COVID-19 (HCoV-229E), pero no ha sido autorizada para su evaluación clínica en la enfermedad que nos ocupa.
Poco o nada hay por tanto por el momento, desgraciadamente. Espero traer mejores noticias a una posterior actualización. Mis mejores deseos para todos los lectores de este texto y sus familias.
Todos estos ensayos se basan en la utilización de fármacos que podrían actuar a dos niveles: o bien como antivíricos, dirigidos a detener la infección en sí desde sus primeros pasos o a lo largo de su avance, o bien como fármacos mitigadores de las consecuencias inflamatorias de dicha infección, muy en particular la descomunal activación de los macrófagos y la “tormenta de citoquinas” que están detrás de las reacciones más graves. En cuanto a los antivíricos, se están ensayando fármacos que han demostrado previamente actividad en modelos animales o en humanos frente a virus más o menos emparentados con el COVID-19, principalmente otros coronavirus patógenos para el hombre (SARS-CoV-1, MERS-CoV) y el VIH, otro virus RNA. Entre los fármacos que están recibiendo mayor atención están aquellos como el remdesivir que apuntan a la actividad de la RNA polimerasa viral, con el fin de detener su función y la replicación del virus. También son puntos potencialmente sensibles para la supervivencia del patógeno las proteasas implicadas en su maduración, diana de combinaciones farmacológicas como lopinavir/ritonavir, darunavir/ritonavir o darunavir/cobicistat. Por otra parte, se ha postulado que la cloroquina (así como la hidroxicloroquina, análogo más potente y mejor tolerado, y quizá también la mefloquina) podría actuar de una manera más inespecífica alterando la penetración del material genético viral en las células del huésped como consecuencia de una modificación del pH en los endosomas que contienen las partículas víricas; teóricamente se trataría de un mecanismo interesante para abortar la infección en estadios iniciales o incluso antes de llegar a producirse, siendo así estos fármacos potencialmente profilácticos al igual que lo son sobre la malaria. Otros antivirales como la rivabirina o el interferón aparecen también en la lista del arsenal, aunque en este caso principalmente como posibles coadyuvantes de los tratamientos anteriores con el fin de incrementar la eficacia de la aproximación terapéutica principal. Con respecto a los antiinfecciosos como la azitromicina, hoy por hoy su principal interés parece residir en el control de posibles co-patógenos bacterianos implicados en la neumonía, fundamentalmente durante las primeras horas de evolución.
En cuanto a la segunda estrategia terapéutica principal, hoy sabemos que los casos más graves de la enfermedad están íntimamente relacionados con una activación de los macrófagos que conlleva la liberación masiva de citoquinas proinflamatorias como IL-6, IL-2, IL-7, IL-10 o TNF-α. En teoría, cualquier medicamento capaz de limitar los efectos de una o varias de estas citoquinas podría ayudar a limitar las consecuencias de la enfermedad, en mayor o menor medida. Los corticoides (fármacos muy utilizados, baratos y de amplia disponibilidad) parecen así útiles ya que mitigan la liberación de varias de estas citoquinas, mientras que los anticuerpos monoclonales tocilizumab o sarilumab (fármacos mucho menos asequibles) han cobrado protagonismo por bloquear específicamente la que parece citoquina “protagonista” de este equipo maléfico, la IL-6.
Una de las ventajas de todos los fármacos apuntados más arriba es que están ya autorizados para otros usos en humanos, lo que está facilitando su ensayo sobre el COVID-19. Pero la realidad es que a día de hoy su efectividad no está demostrada (alguno de ellos está defraudando ya en la práctica, de hecho) y ninguno está exento de producir reacciones adversas que pueden llegar a ser notables, máxime en condiciones tan debilitantes como las que exhiben los enfermos graves. De hecho, el conocimiento actual de las relaciones beneficio/riesgo de estos tratamientos conduce por lo general a las sociedades científicas a no recomendarlos por el momento, al margen claro está de los pacientes enrolados en los ensayos clínicos. Es importante señalar que algunos de estos fármacos son realmente un arma de doble filo por la naturaleza de sus efectos sobre el sistema inmune: es el caso de la cloroquina y sus congéneres e incluso los propios esteroides, cuyo momento exacto de aplicación a lo largo de la evolución de la enfermedad podría ser crítico. En este sentido, el uso de esteroides está indudablemente recomendado ante complicaciones graves como exacerbación de asma o choque séptico refractario, pero desde las trincheras nuestros médicos parecen inclinarse cada vez más por ampliar sus condiciones de uso introduciendo una corticoterapia precoz a pesar de las recomendaciones iniciales de las guías clínicas.
Existen fármacos más novedosos que quizá podrán ayudarnos en el futuro, pero probablemente no a corto/medio plazo. Algunos de ellos manejan dianas menos exploradas, por lo que exceden el pretendido alcance de este leve repaso. Solamente por mencionar un ejemplo que proviene de la investigación nacional citaré a la plitidepsina, principio activo del Aplidin, un medicamento autorizado en Australia para el tratamiento del mieloma múltiple. Este fármaco bloquea la proteína eEF1A2 que entre otras muchas cosas parece potenciar la función de las RNA polimerasas virales en las células infectadas. Por el momento plitidepsina ha mostrado actividad preliminar in vitro frente a la proliferación de un coronavirus relacionado con el COVID-19 (HCoV-229E), pero no ha sido autorizada para su evaluación clínica en la enfermedad que nos ocupa.
Poco o nada hay por tanto por el momento, desgraciadamente. Espero traer mejores noticias a una posterior actualización. Mis mejores deseos para todos los lectores de este texto y sus familias.
jueves, 19 de marzo de 2020
COVID-19: ¿La venganza póstuma de civetas y pangolines?
Ayer asistí a una magnífica charla en streaming de mi compañero Estanislao Nistal (Estanis, un verdadero crack) sobre el SARS-CoV2 (el maldito coronavirus COVID-19, otro crack, pero éste de los chungos). Me llamó la atención que entre los supuestos reservorios naturales del virus barajase Estanis la posibilidad de que se encontraran las civetas y los pangolines, mamíferos relativamente desconocidos por nuestros andurriales. Yo al menos ignoraba la existencia de las primeras (en primera instancia pensé que podrían tener otro nombre más común, pero no), y de los segundos algo había oído, aunque poco. Así que me lancé a la Red a paliar mi ignorancia.
Y así he visto que unos y otros animalitos son objeto habitual de nuestra barbarie de humanos depredadores con pocos escrúpulos. En el sur de Asia las civetas, algunos de cuyos rasgos recuerdan mucho a los mapaches, son capturadas, encerradas y obligadas a deglutir cantidades ingentes de bayas de café. El objetivo es volver a recuperar estas últimas de las heces una vez semidigeridas, ya que en el proceso adquieren un aroma especial, siendo así la base de un tipo de café (“kopi luwak”) muy apreciado en determinados mercados. A las civetas ya se les tocaban antes las narices (por no decir otra cosa) para obtener un almizcle con propiedades aromáticas interesantes, pero este otro uso resulta mucho peor; al parecer, los animales terminan por exhibir comportamientos anormales en cautividad (me imagino que por sobredosis de cafeína) y si en vez de sacrificarlas se las suelta tras el martirio, resulta que tienen muy pocas posibilidades de sobrevivir de nuevo en la naturaleza.
Lo de los pangolines no sé si es aún peor: los individuos que caen en nuestras civilizadas manos puede que tengan un final más rápido, pero al cabo muy violento. Tras morir literalmente a palos, estos indefensos y curiosos seres son cocidos para separar fácilmente su carne de las escamas que la recubren. Una y otras se comercializan, aunque son las segundas las más apreciadas por parte de algunos bípedos decorticados debido a sus supuestas propiedades medicinales. Me juego el cuello a que estas virtudes curativas están tan probadas científicamente como las de los cuernos de los rinocerontes o las aletas de los tiburones. Actualmente los pangolines que sobreviven caminan, con triste cadencia, hacia la extinción.
No cabe pensar que las civetas y pangolines estén conchabados conscientemente para acabar con la humanidad. Pero les sobrarían motivos, y la posibilidad de que sus heces hayan podido contribuir a diseminar los coronavirus patógenos que nos azotan representa una metáfora poética de la venganza: parecería que se ciscan en nosotros.
Y así he visto que unos y otros animalitos son objeto habitual de nuestra barbarie de humanos depredadores con pocos escrúpulos. En el sur de Asia las civetas, algunos de cuyos rasgos recuerdan mucho a los mapaches, son capturadas, encerradas y obligadas a deglutir cantidades ingentes de bayas de café. El objetivo es volver a recuperar estas últimas de las heces una vez semidigeridas, ya que en el proceso adquieren un aroma especial, siendo así la base de un tipo de café (“kopi luwak”) muy apreciado en determinados mercados. A las civetas ya se les tocaban antes las narices (por no decir otra cosa) para obtener un almizcle con propiedades aromáticas interesantes, pero este otro uso resulta mucho peor; al parecer, los animales terminan por exhibir comportamientos anormales en cautividad (me imagino que por sobredosis de cafeína) y si en vez de sacrificarlas se las suelta tras el martirio, resulta que tienen muy pocas posibilidades de sobrevivir de nuevo en la naturaleza.
Lo de los pangolines no sé si es aún peor: los individuos que caen en nuestras civilizadas manos puede que tengan un final más rápido, pero al cabo muy violento. Tras morir literalmente a palos, estos indefensos y curiosos seres son cocidos para separar fácilmente su carne de las escamas que la recubren. Una y otras se comercializan, aunque son las segundas las más apreciadas por parte de algunos bípedos decorticados debido a sus supuestas propiedades medicinales. Me juego el cuello a que estas virtudes curativas están tan probadas científicamente como las de los cuernos de los rinocerontes o las aletas de los tiburones. Actualmente los pangolines que sobreviven caminan, con triste cadencia, hacia la extinción.
No cabe pensar que las civetas y pangolines estén conchabados conscientemente para acabar con la humanidad. Pero les sobrarían motivos, y la posibilidad de que sus heces hayan podido contribuir a diseminar los coronavirus patógenos que nos azotan representa una metáfora poética de la venganza: parecería que se ciscan en nosotros.
sábado, 17 de febrero de 2018
Cómo mola esto de vivir
Hay una rara mezcla de desesperanza y esperanza esta noche. De pasado, presente y futuro, y de día y de noche. Hay sabor a frontera. Y a ron.
Hay luces allá fuera, sombras acá dentro… pero espera…
Carmen dormita en el sofá mientras yo me voy evadiendo por un pequeño resquicio entre el salón y la cocina. Tengo de frente la mirada de un monstruo divino de Guillermo del Toro y por detrás me azuza el recuerdo de mi abuelo. Mi abuelo cocinero, entrando y saliendo de la cámara fría de Puerta de Moros, con las manos abiertas ofreciendo su obra admirable, y con los pulmones encharcados vaticinando su fin.
Puede que a veces duela, pero… ¡Qué bonito es vivir, y sentir, y recordar! Y tener al menos cinco minutos por delante.
Hay luces allá fuera, sombras acá dentro… pero espera…
Carmen dormita en el sofá mientras yo me voy evadiendo por un pequeño resquicio entre el salón y la cocina. Tengo de frente la mirada de un monstruo divino de Guillermo del Toro y por detrás me azuza el recuerdo de mi abuelo. Mi abuelo cocinero, entrando y saliendo de la cámara fría de Puerta de Moros, con las manos abiertas ofreciendo su obra admirable, y con los pulmones encharcados vaticinando su fin.
Puede que a veces duela, pero… ¡Qué bonito es vivir, y sentir, y recordar! Y tener al menos cinco minutos por delante.
lunes, 3 de abril de 2017
Adiós al maratón
El 24 de abril de 2016 completé mi 20 maratón, un número redondo. Enseguida pensé que podía ser un buen momento para dejar esta distancia, profundamente agotado como quedé tras una marca irrisoria. Y más fríamente me lo volví a plantear algo después, tras dos días de hematuria ocultados a todos. Bueno, ya veremos, me dije.
El 2 de abril de 2017 acabo de terminar la Media Maratón de Madrid en 2 horas y con sensaciones no muy claras, lo que permite pronosticar que podría volver a correr el maratón en tres semanas con aproximadamente el mismo crono del año pasado, con mucho sufrimiento y con un riesgo físico desconocido ligado a mi mala salud de los últimos meses. Es hora de dejarlo, concluyo.
Desde dentro del pelotón de maratonianos he visto y sentido cosas que vosotros los humanos nunca llegaríais a imaginar: se me han levantado los pelos como escarpias al oír Carros de Fuego bajando por Fuencarral; me ha brotado desde el abismo un aliento que creía casi extenuado al ritmo de las cacerolas de los vecinos de la Avenida del Manzanares; he contemplado abrirse el cielo en toda su inmensidad de la mano de Händel en la Glorieta de Atocha; me ha recorrido el cuerpo, en fin, el mayor latigazo orgásmico sin sexo que puede ser posible todas las veces que he llegado reptando a la meta.
Guardo además muchísimos recuerdos que os contaré algún día, si sois buenos, la mayor parte de ellos ligados al Maratón Popular de Madrid. Mi grito ritual de “¡¡¡atleeeeeeeti!!!” al rebasar el Bernabéu, invariablemente apoyado por el eco de un buen número de corredores de mi misma calaña. La verticalidad infinita de Méndez Álvaro o de Alfonso XII, ese kilómetro que mide 5000 metros.
De otros lugares, recuerdo ahora por ejemplo aquel inolvidable maratón en San Diego del que procede la foto de mi blog, cuando oí pronunciar mi nombre a decibelio sacado por una megafonía todopoderosa pero al tiempo incapaz de restaurarme la mínima fuerza necesaria para saludar al respetable, después de un esfuerzo descomunal e infructuoso por bajar mi marca, a muchos miles de kilómetros del primer familiar o amigo que pudiera recoger mis restos. Fue aquello sin embargo una excepción porque siempre me he sentido apoyado muy de cerca por mi gente, a la que estoy inmensamente agradecido. Muchos espontáneos y los fijos de siempre: Isabel, Moni y Jaime, reservando siempre un pequeño descuido (¿o no?) en su espera de mi cuñado Emilio para animarme; mi padre, agitando ansioso sus bidones de agua e Isostar (en los últimos años de inmenso vacío en la Glorieta de Embajadores, nunca me he descuidado de levantar los índices hacia el cielo para decir, orgulloso: ¡va por ti Papá!); y sobre todo, Carmen y Fuen, mis chicas. Con sus doce manos sujetando y ofreciéndome miles de envases de todo tipo al paso, con sus gritos de ánimo, con sus risas, con sus saltos y con su cariño, y con su cuota de sacrificio cuando las rodillas o la espalda les recordaban que existían entre punto y punto de encuentro. Jamás olvidaré su generosidad y la alegría que sentía al encontrarlas, ese fogonazo que me proyectaba hacia adelante y que, paradójicamente, era lo único que no llevaban en sus manos para ofrecerme: con estar allí, bastaba.
Para mí el maratón ha pasado en carne propia pero siempre será una fiesta, porque no pienso dejar de acudir a animar a mis antiguos compañeros, como alienígenas bienhechores que son y que lo merecen. Como herederos del espíritu de Ramiro Matamoros, ese admirado repartidor de Matutano con el que un día tuve el honor de compartir el asiento de atrás de un coche atestado con aroma a tigre, volviendo de un entreno en la Casa de Campo. Y para celebrar que quedan tipos de esta casta, y que yo fui uno de ellos, pienso seguir invitando a mis chicas a ese corderazo que nos hemos venido apretando año tras año al final de la carrera, porque a su modo ellas son también de esta casta y también lo merecen.
¡Larga vida a los maratonianos populares!
El 2 de abril de 2017 acabo de terminar la Media Maratón de Madrid en 2 horas y con sensaciones no muy claras, lo que permite pronosticar que podría volver a correr el maratón en tres semanas con aproximadamente el mismo crono del año pasado, con mucho sufrimiento y con un riesgo físico desconocido ligado a mi mala salud de los últimos meses. Es hora de dejarlo, concluyo.
Desde dentro del pelotón de maratonianos he visto y sentido cosas que vosotros los humanos nunca llegaríais a imaginar: se me han levantado los pelos como escarpias al oír Carros de Fuego bajando por Fuencarral; me ha brotado desde el abismo un aliento que creía casi extenuado al ritmo de las cacerolas de los vecinos de la Avenida del Manzanares; he contemplado abrirse el cielo en toda su inmensidad de la mano de Händel en la Glorieta de Atocha; me ha recorrido el cuerpo, en fin, el mayor latigazo orgásmico sin sexo que puede ser posible todas las veces que he llegado reptando a la meta.
Guardo además muchísimos recuerdos que os contaré algún día, si sois buenos, la mayor parte de ellos ligados al Maratón Popular de Madrid. Mi grito ritual de “¡¡¡atleeeeeeeti!!!” al rebasar el Bernabéu, invariablemente apoyado por el eco de un buen número de corredores de mi misma calaña. La verticalidad infinita de Méndez Álvaro o de Alfonso XII, ese kilómetro que mide 5000 metros.
De otros lugares, recuerdo ahora por ejemplo aquel inolvidable maratón en San Diego del que procede la foto de mi blog, cuando oí pronunciar mi nombre a decibelio sacado por una megafonía todopoderosa pero al tiempo incapaz de restaurarme la mínima fuerza necesaria para saludar al respetable, después de un esfuerzo descomunal e infructuoso por bajar mi marca, a muchos miles de kilómetros del primer familiar o amigo que pudiera recoger mis restos. Fue aquello sin embargo una excepción porque siempre me he sentido apoyado muy de cerca por mi gente, a la que estoy inmensamente agradecido. Muchos espontáneos y los fijos de siempre: Isabel, Moni y Jaime, reservando siempre un pequeño descuido (¿o no?) en su espera de mi cuñado Emilio para animarme; mi padre, agitando ansioso sus bidones de agua e Isostar (en los últimos años de inmenso vacío en la Glorieta de Embajadores, nunca me he descuidado de levantar los índices hacia el cielo para decir, orgulloso: ¡va por ti Papá!); y sobre todo, Carmen y Fuen, mis chicas. Con sus doce manos sujetando y ofreciéndome miles de envases de todo tipo al paso, con sus gritos de ánimo, con sus risas, con sus saltos y con su cariño, y con su cuota de sacrificio cuando las rodillas o la espalda les recordaban que existían entre punto y punto de encuentro. Jamás olvidaré su generosidad y la alegría que sentía al encontrarlas, ese fogonazo que me proyectaba hacia adelante y que, paradójicamente, era lo único que no llevaban en sus manos para ofrecerme: con estar allí, bastaba.
Para mí el maratón ha pasado en carne propia pero siempre será una fiesta, porque no pienso dejar de acudir a animar a mis antiguos compañeros, como alienígenas bienhechores que son y que lo merecen. Como herederos del espíritu de Ramiro Matamoros, ese admirado repartidor de Matutano con el que un día tuve el honor de compartir el asiento de atrás de un coche atestado con aroma a tigre, volviendo de un entreno en la Casa de Campo. Y para celebrar que quedan tipos de esta casta, y que yo fui uno de ellos, pienso seguir invitando a mis chicas a ese corderazo que nos hemos venido apretando año tras año al final de la carrera, porque a su modo ellas son también de esta casta y también lo merecen.
¡Larga vida a los maratonianos populares!
domingo, 18 de diciembre de 2016
Morfina y yo
Últimamente estoy de mirar hacia detrás quizá para tomar impulso hacia adelante, y es por esto que hoy voy a hablaros de Morfina y de mí. Con permiso claro está de mi mujer, que a estas alturas no creo ya celosa de esta cuasi-mítica relación.
Pues resulta que yo era un joven que comenzaba a centrarse sobre una senda definida después de numerosos bandazos cuando uno de mis segundos padres y a la sazón mejores amigos, Cecilio, me presentó un día en el laboratorio a Morfina. Blanca y hermosa, adornada con unos preciosos anillos fenantrénicos y de apariencia melosa y pausada, Morfina me escrutó desde detrás de un cristal quiero creer que con el mismo asombro con el que yo la admiraba a ella, sabedores ambos (bueno, al menos yo) de que ya nada sería igual a partir de entonces. Bien es cierto que por lo que yo había oído y por lo que el propio Cecilio me advirtió desde el primer momento, Morfina podía ser tan incomparablemente adorable como increíblemente infernal, según el caso, siendo este misterio merecedor de ser desvelado en beneficio de la humanidad (aunque esto pareciera mucho decir). Así que convencido me apliqué a conocer mejor a Morfina, con mucha cautela.
En los años siguientes pude constatar desde la primera fila de la función esa doble cara de Morfina. Vi cómo podía sumir a algunos seres en una quiescencia libre de dolor que denotaba serenidad y hasta felicidad, pero también vi a otros retorcerse, gritar, llorar y saltar con una desesperación ansiosa cuando Morfina les conquistaba y luego les abandonaba(1); tal era el estado en que quedaban, que a veces se convertían en una especie de zombies buscando ciegamente a su antigua amada después de la ruptura (2). Vi a Morfina calmar el dolor y también generarlo. La vi noquear o levantar hasta los cielos a gentes sencillas y a gentes complejas, desde la simple Adenilato Ciclasa (3) hasta el más retorcido de los hampones. Todo esto me previno de intimar con Morfina: la vigilé, la estudié, busqué incluso la manera de sacar lo mejor de ella y neutralizar lo peor (4), pero nunca se me pasó por la cabeza la posibilidad de que nos encamaramos. Nuestro amor/odio se limitó durante muchos años a una observación platónica separada por el mismo cristal del primer día. Evité también implicarme en relaciones profundas con sus amigos o familiares más próximos según los iba conociendo, pues muchos de ellos (como por ejemplo su prima alemana Heroína) tenían bien ganada la oscura fama de ser aún más perversos.
Pasado el tiempo nuestra relación fue desvaneciéndose y lo que iba quedando de ella se tornaba cada vez más negativo. La disolución de nuestro vínculo resultó irremediable el día en que salí al balcón advirtiendo a grito pelado que la dulce Morfina podía llegar a deteriorar irreversiblemente el juicio de sus amantes (5). Fue entonces cuando, poniendo tierra de por medio, me fui a vivir a Ciudad Real: si no se ha compartido lecho, no es difícil alejarse de Morfina. Eso no quiere decir que por aquellos años no la echara de menos a veces, y supongo que fue la lejanía la que iría forjando en mi un sentimiento de nostálgica gratitud hacia ella. Llegué así al convencimiento de que el tiempo que habíamos pasado juntos resultaba al cabo fundamental para poder conocerme tal y como soy hoy en día, como profesional y como persona.
Quizá por ello me alegré mucho cuando hace unos meses nuestros amigos comunes Cecilio (de nuevo él) y Charo nos prepararon un reencuentro sorpresivo en Madrid (6). Resultó agradable en extremo. Morfina seguía tan atractiva como siempre, a pesar de sus milenios, y sorprendentemente había aumentado aún más su popularidad en los últimos tiempos: ahora era más conocida que antes y por esta razón la gente había aprendido a aprovecharse de sus virtudes y a evitar sus defectos, lo que parecía hacerle feliz a ella y también me lo hizo a mí por cuanto en algo había contribuido a este progreso. Dicen mis colegas que ahora Morfina alivia mejor a los desesperados y causa mucha menos desesperación. Ya no se habla con su prima Heroína. Va ganándose la fama de ser, ante todo y sobre todo, una bendición para aliviar el sufrimiento cruel de hombres desafortunados pero bien informados.
A raíz de aquel reencuentro Morfina y yo nos propusimos recuperar lo mejor de nuestra antigua convivencia. No hace ni un mes que volvimos a quedar (7) y a ratificar sin sombra de duda esa voluntad de reconciliación. Pero no me engaño: en mi fuero interno, y sin que a ella le trascienda, sigo sin fiarme de su naturaleza; como el escorpión, creo que no puede evitar que en ocasiones afloren sus instintos destructivos, razón por la cual me he propuesto vigilarla de nuevo desde la sombra para averiguar qué nos hace susceptibles ante sus cantos de sirena (8) y poder seguir advirtiendo a mis semejantes cuándo deben huir de su compañía, por más que el dolor y la desventura aconsejen echarse en sus brazos. Como veis, Morfina y yo parecemos destinados a mantener una relación infinita emborrachada de dialéctica, repleta de juegos ocultos, como en definitiva es muchas veces el amor. Con permiso de mi mujer.
REFERENCIAS
1. Iglesias V, Alguacil LF, Alamo C, Cuenca E. Effects of yohimbine on morphine analgesia and physical dependence in the rat. Eur J Pharmacol 28: 35-38, 1992.
2. Salas E, Bocos C, Del Castillo C, Pérez-García C, Morales L, Alguacil LF. Gene expression analysis of heat shock proteins in the nucleus accumbens of rats with different morphine seeking behaviours. Behav Brain Res 20: 71-76, 2011.
3. Polanco MJ, López-Giménez JF, González-Martín C, Alguacil LF. Yohimbine does not affect opioid receptor activation but prevents adenylate cyclase regulation by morphine in NG108-15 cells. Life Sci 89: 327-330, 2011.
4. Alguacil LF, Morales L. Alpha-2 adrenoceptor ligands and opioid drugs: pharmacological interactions of therapeutic Interest. Curr Neuropharmacol 2:343-352, 2004.
5. Polanco MJ, Alguacil LF, González-Martín C. Pro-apoptotic properties of morphine in neuroblastoma × glioma NG108-15 hybrid cells: modulation by yohimbine. J Appl Toxicol 34: 19-24, 2014.
6. Alguacil LF. Adicción a los opiáceos. Conferencia impartida en el Master de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Madrid. Instituto Cajal CSIC, Madrid, abril 2016.
7. Alguacil LF. Adicción a los opiáceos. Conferencia impartida en el Master de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Madrid. Instituto Cajal CSIC, Madrid, noviembre 2016.
8. Grupo de Investigación Traslacional en Trastornos Adictivos. Proyecto de investigación: “Validación de biomarcadores potencialmente asociados a trastornos adictivos” (PNSD 2016I025), enero 2017-diciembre 2019.
Pues resulta que yo era un joven que comenzaba a centrarse sobre una senda definida después de numerosos bandazos cuando uno de mis segundos padres y a la sazón mejores amigos, Cecilio, me presentó un día en el laboratorio a Morfina. Blanca y hermosa, adornada con unos preciosos anillos fenantrénicos y de apariencia melosa y pausada, Morfina me escrutó desde detrás de un cristal quiero creer que con el mismo asombro con el que yo la admiraba a ella, sabedores ambos (bueno, al menos yo) de que ya nada sería igual a partir de entonces. Bien es cierto que por lo que yo había oído y por lo que el propio Cecilio me advirtió desde el primer momento, Morfina podía ser tan incomparablemente adorable como increíblemente infernal, según el caso, siendo este misterio merecedor de ser desvelado en beneficio de la humanidad (aunque esto pareciera mucho decir). Así que convencido me apliqué a conocer mejor a Morfina, con mucha cautela.
En los años siguientes pude constatar desde la primera fila de la función esa doble cara de Morfina. Vi cómo podía sumir a algunos seres en una quiescencia libre de dolor que denotaba serenidad y hasta felicidad, pero también vi a otros retorcerse, gritar, llorar y saltar con una desesperación ansiosa cuando Morfina les conquistaba y luego les abandonaba(1); tal era el estado en que quedaban, que a veces se convertían en una especie de zombies buscando ciegamente a su antigua amada después de la ruptura (2). Vi a Morfina calmar el dolor y también generarlo. La vi noquear o levantar hasta los cielos a gentes sencillas y a gentes complejas, desde la simple Adenilato Ciclasa (3) hasta el más retorcido de los hampones. Todo esto me previno de intimar con Morfina: la vigilé, la estudié, busqué incluso la manera de sacar lo mejor de ella y neutralizar lo peor (4), pero nunca se me pasó por la cabeza la posibilidad de que nos encamaramos. Nuestro amor/odio se limitó durante muchos años a una observación platónica separada por el mismo cristal del primer día. Evité también implicarme en relaciones profundas con sus amigos o familiares más próximos según los iba conociendo, pues muchos de ellos (como por ejemplo su prima alemana Heroína) tenían bien ganada la oscura fama de ser aún más perversos.
Pasado el tiempo nuestra relación fue desvaneciéndose y lo que iba quedando de ella se tornaba cada vez más negativo. La disolución de nuestro vínculo resultó irremediable el día en que salí al balcón advirtiendo a grito pelado que la dulce Morfina podía llegar a deteriorar irreversiblemente el juicio de sus amantes (5). Fue entonces cuando, poniendo tierra de por medio, me fui a vivir a Ciudad Real: si no se ha compartido lecho, no es difícil alejarse de Morfina. Eso no quiere decir que por aquellos años no la echara de menos a veces, y supongo que fue la lejanía la que iría forjando en mi un sentimiento de nostálgica gratitud hacia ella. Llegué así al convencimiento de que el tiempo que habíamos pasado juntos resultaba al cabo fundamental para poder conocerme tal y como soy hoy en día, como profesional y como persona.
Quizá por ello me alegré mucho cuando hace unos meses nuestros amigos comunes Cecilio (de nuevo él) y Charo nos prepararon un reencuentro sorpresivo en Madrid (6). Resultó agradable en extremo. Morfina seguía tan atractiva como siempre, a pesar de sus milenios, y sorprendentemente había aumentado aún más su popularidad en los últimos tiempos: ahora era más conocida que antes y por esta razón la gente había aprendido a aprovecharse de sus virtudes y a evitar sus defectos, lo que parecía hacerle feliz a ella y también me lo hizo a mí por cuanto en algo había contribuido a este progreso. Dicen mis colegas que ahora Morfina alivia mejor a los desesperados y causa mucha menos desesperación. Ya no se habla con su prima Heroína. Va ganándose la fama de ser, ante todo y sobre todo, una bendición para aliviar el sufrimiento cruel de hombres desafortunados pero bien informados.
A raíz de aquel reencuentro Morfina y yo nos propusimos recuperar lo mejor de nuestra antigua convivencia. No hace ni un mes que volvimos a quedar (7) y a ratificar sin sombra de duda esa voluntad de reconciliación. Pero no me engaño: en mi fuero interno, y sin que a ella le trascienda, sigo sin fiarme de su naturaleza; como el escorpión, creo que no puede evitar que en ocasiones afloren sus instintos destructivos, razón por la cual me he propuesto vigilarla de nuevo desde la sombra para averiguar qué nos hace susceptibles ante sus cantos de sirena (8) y poder seguir advirtiendo a mis semejantes cuándo deben huir de su compañía, por más que el dolor y la desventura aconsejen echarse en sus brazos. Como veis, Morfina y yo parecemos destinados a mantener una relación infinita emborrachada de dialéctica, repleta de juegos ocultos, como en definitiva es muchas veces el amor. Con permiso de mi mujer.
REFERENCIAS
1. Iglesias V, Alguacil LF, Alamo C, Cuenca E. Effects of yohimbine on morphine analgesia and physical dependence in the rat. Eur J Pharmacol 28: 35-38, 1992.
2. Salas E, Bocos C, Del Castillo C, Pérez-García C, Morales L, Alguacil LF. Gene expression analysis of heat shock proteins in the nucleus accumbens of rats with different morphine seeking behaviours. Behav Brain Res 20: 71-76, 2011.
3. Polanco MJ, López-Giménez JF, González-Martín C, Alguacil LF. Yohimbine does not affect opioid receptor activation but prevents adenylate cyclase regulation by morphine in NG108-15 cells. Life Sci 89: 327-330, 2011.
4. Alguacil LF, Morales L. Alpha-2 adrenoceptor ligands and opioid drugs: pharmacological interactions of therapeutic Interest. Curr Neuropharmacol 2:343-352, 2004.
5. Polanco MJ, Alguacil LF, González-Martín C. Pro-apoptotic properties of morphine in neuroblastoma × glioma NG108-15 hybrid cells: modulation by yohimbine. J Appl Toxicol 34: 19-24, 2014.
6. Alguacil LF. Adicción a los opiáceos. Conferencia impartida en el Master de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Madrid. Instituto Cajal CSIC, Madrid, abril 2016.
7. Alguacil LF. Adicción a los opiáceos. Conferencia impartida en el Master de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Madrid. Instituto Cajal CSIC, Madrid, noviembre 2016.
8. Grupo de Investigación Traslacional en Trastornos Adictivos. Proyecto de investigación: “Validación de biomarcadores potencialmente asociados a trastornos adictivos” (PNSD 2016I025), enero 2017-diciembre 2019.
sábado, 7 de mayo de 2016
Larga vida a mi Marula
Hace ya más de 40 años que le vendí una papeleta de rifa a mi abuela Pilar. Le tocó, cobró, y me dio inmediatamente el dinero necesario para que me pudiera comprar aquella guitarra que tanto deseaba. Gracias pues a la generosidad de mi abuela me fui ilusionado hasta el centro de Madrid y en La Tuna, una tienda cercana a Tirso de Molina que desafortunadamente ya no existe, encontré a quien llamaría Marula muy poco tiempo después, en honor a una de mis primeras pseudonovias con quien apenas compartí fluidos biológicos. Marula me ha acompañado desde entonces como una novia asombrosamente fiel, esta vez una novia real, sin prefijo. Durante este largo tiempo ha soportado 12 cambios de domicilio, los cuernos que le puse con una guitarra acústica de 12 cuerdas en los conciertos de mi grupo Resina, el abandono consecuente a mi largo desinterés por la interpretación musical… hasta que un dia, hace poco, la miré fijamente y me dije que no había justificación alguna para tanto desprecio. Así que la cogí con cariño del cuello y se la llevé a Mario, un simpático lutier segoviano con tienda en Usera para que la pusiera guapa.
El pasado miércoles fui a por ella con la ilusión de un novio en capilla, y las expectativas se cumplieron. Mario me la devolvió espléndida. Heridas cerradas, clavijero, puente, cejuela y selleta nuevos, tapa y diapasón limpios como patenas…. Y un sonido más claro aún que el del primer día.
No sé cómo he podido ser tan cabrón como para tener a Marula abandonada durante tantísimo tiempo. Es un misterio casi tan grande como el hecho de que permanezca aún pegada a la cabecera de su mástil la tira original de DYMO con su nombre. Pero así es y lo mínimo que puedo hacer ahora es prometerle fidelidad por el resto de nuestras vidas, aunque viéndola tan requetechula esto no tenga ningún mérito…. ¡Larga vida a mi Marula!
domingo, 12 de octubre de 2014
Jóvenes investigadores
Esta semana he asistido como invitado a las X Jornadas de Jóvenes Investigadores de Albacete y lo mínimo que puedo hacer es colgar en este blog una entrada acerca de la enorme satisfacción que me ha supuesto poder estar allí. Son admirables la simpatía, la amabilidad, la dedicación, el interés y la transcendencia derrochada por estos muchachos para sacar adelante las jornadas, sus propias carreras y la Ciencia en general desde este remoto sitio de Castilla-La Mancha que pocos españoles y poquísimos extranjeros conocen. Estoy convencido de que su esfuerzo a lo largo de estos años no caerá en saco roto; de momento, científicos tan relevantes como Bengt Winbland en esta ocasión y otros que le han precedido en ediciones anteriores se han ido llevando de vuelta a sus laboratorios de excelencia la mejor de las impresiones sobre el entusiasmo de los científicos jóvenes españoles, quienes desde la escasez y hasta la debacle de los recortes sin fin mantienen su vocación y su esperanza.
Estamos en una sociedad podrida por la corrupción en la que se ha visto cómo un único consejero de Caja Madrid era capaz de dilapidar en beneficio propio, en una sola tarde y en negro, el equivalente a un proyecto de investigación sobre el cáncer de tres años de duración; una sociedad en la que, en plena crisis, un único banquero ha podido recibir dinero público en concepto de indemnización por cese de actividad en una cantidad equivalente al salario anual de cientos de becarios predoctorales, sin hablar de pensiones vitalicias. Un escenario ciertamente asqueroso en el que encontrar personas honestas que buscan ganarse la vida con su propio esfuerzo y construyendo además conocimiento en beneficio de la humanidad resulta un hecho más que reconfortante. Ánimo chavales, que llegaréis y además lo haréis muy lejos.
sábado, 8 de febrero de 2014
Siguiendo la estela de la salud
Un viernes por la noche en el Pirineo, hace poco, conocí a un médico que trabaja actualmente en el Hospital Clínic de Barcelona. Una institución que, como otras muchas catalanas, está entre las pioneras de nuestro país en distintos ámbitos, entre los que debo destacar –por resultarme muy próximo- el de la investigación clínica y traslacional. Con frustración y tristeza, nos relató a un grupo de amigos aquella noche que entre los dolorosos recortes que afectaban a la sanidad catalana se estaba camuflando un proceso de privatización mediante el cual parte de los recursos que se aligeraban (disminución de personal, plantas vacías…) se iban compensando mediante la prestación de los servicios abandonados en centros privados concertados.
No había en ello ganancia alguna para las arcas públicas: antes al contrario, por cuanto los servicios sanitarios que se prestan en estos últimos centros son probablemente más costosos que los ofrecidos originalmente en el hospital. Imposible por tanto atribuir en este caso al eterno ladrón español la responsabilidad de un mero trasvase de dinero desde manos públicas a manos privadas, sin reportar ningún beneficio claro en el proceso ni a la Generalitat, ni al Estado, ni a los ciudadanos. ¿Y la gente no se mueve? –pregunté-. Pues parece ser que no. Que la gente no se entera muy bien. Que la gente anda anestesiada con el tema de la soberanía, y que mientras se agitan las esteladas bien arriba, te la van colando doblada bien debajo.
A mi vuelta de ese fin de semana leí en la prensa nacional la noticia de que la Comunidad de Madrid retiraba su propuesta de privatizar la gestión de la sanidad pública autonómica, girando su política hacia el entendimiento con el sector. Claramente, las múltiples e insistentes manifestaciones de una parte importante de la ciudadanía y su proyección en los tribunales habían cosechado sus frutos. Imposible evitar una comparación entre dos hechos tan próximos en su naturaleza y en el tiempo: era éste para mí un caso más, muy claro y muy cercano, que demostraba cuál debería ser la estela a seguir por la gente corriente (catalana, española o de donde fuere) para defender sus conquistas frente a los oportunistas que buscan beneficio en medio del lío, y por el contrario cuál es la estela ilusoria que dejan los fuegos fatuos.
lunes, 8 de abril de 2013
UNA TRAYECTORIA CLARA PARA EL INVESTIGADOR SANITARIO EN BENEFICIO DE TODOS
En fechas recientes ha visto la luz un informe de avance sobre el seguimiento y evaluación del programa de contratos Miguel Servet, elaborado por el Grupo de Investigación en Evaluación y Transferencia Científica (ETC) en el que se integran investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS) (1). Este importante documento es fruto de un proyecto financiado por el Instituto de Salud Carlos III cuyo principal objetivo es determinar el papel real que juegan los investigadores a tiempo completo en nuestros hospitales; en este sentido, hay que tener en cuenta que el programa Miguel Servet es hoy en día el principal instrumento que posibilita la incorporación de dichos investigadores a las instituciones sanitarias, y por tanto el examen de su desarrollo proporciona indicadores muy relevantes sobre aspectos clave de la investigación sanitaria en nuestro país.
Entre los principales resultados que se recogen en el informe del ETC, los autores destacan la reducción en las expectativas de estabilidad que los investigadores reflejan en sus cuestionarios; de hecho, se trata de la principal debilidad del programa percibida por los encuestados. Además, si se tiene en cuenta que estos últimos no se encuentran aún en su último año de contrato al rellenar las encuestas, las cifras obtenidas presagian un mal dato al final del mismo (que tiene seis años de duración). Estos relevantes hallazgos vienen a confirmar de una forma objetiva mi percepción (y la de otros compañeros) de que existe una inestabilidad extrema en la investigación traslacional de nuestro país, por cuanto los principales actores de la misma tienden a abandonar el barco o son instados a ello por las circunstancias. Recordemos que la investigación traslacional es aquella que trata de aplicar con la mayor rapidez posible los avances de la Ciencia básica a los problemas reales de salud de la población, acercando así el laboratorio a la clínica (2); en este contexto, resulta imprescindible incorporar investigadores básicos a los hospitales y que su interacción con los clínicos llegue a producir un lenguaje y unos intereses comunes en beneficio de los pacientes. Si los básicos no llegan a los hospitales o salen de ellos la investigación en salud se debilita, agravándose así aún más en el sector sanitario la preocupante situación del sistema general de I+D+i, ya muy mermado de base por los recortes de recursos públicos y privados que se derivan de la crisis económica y de las políticas que se están aplicando en relación con la misma. Esto es, en sanidad no sólo son escasos los recursos, sino que falta además un perfil definido específico que oriente la carrera profesional de aquéllos que pretendan ser investigadores a tiempo completo (a diferencia de lo que ocurre en universidades u otros organismos como el CSIC).
Hay que precisar que este problema no es nuevo ni mucho menos. De hecho, la clarificación del perfil del investigador sanitario está en el ánimo de diversas iniciativas legislativas en el ámbito de la Ciencia y es desde hace años la principal reivindicación del colectivo de profesionales que se agrupan en torno a la Asociación Nacional de Investigadores Hospitalarios (ANIH) (3), entre otras asociaciones de investigadores. Lo que está ocurriendo en el día de hoy es que se está dando una exacerbación aguda de la patología, por hablar en términos propios de nuestra jerga. En mi caso en concreto he podido vivir el problema con toda su intensidad en el ámbito de Castilla-La Mancha,en donde en poco más de tres años se ha pasado de la euforia y la expansión a una debacle escalonada en la que las convocatorias regionales de proyectos y contratos de personal investigador han desaparecido, un número significativo de investigadores pre y posdoctorales no han visto renovados sus contratos o han sido directamente despedidos y algún investigador del programa Ramón y Cajal no ha sido estabilizado a pesar de haber dibujado una trayectoria excelente. Y eso sin entrar en detalles mucho más escabrosos, como la temporal (espero) desaparición de la financiación externa obtenida en convocatorias competitivas por los grupos de investigación de la región.
No me gustaría que mi reflexión se utilizase de forma partidista, interpretándose como una crítica a la gestión de un grupo político determinado, ya que no me interesa demasiado quién tiene la culpa de la situación en la que estamos, sino la forma de salir de ella. Así, creo que resultaría muy útil regular de una vez por todas la carrera profesional del investigador sanitario contemplando distintos niveles de progreso en la misma y dotándola de un futuro menos incierto, independientemente de que la disponibilidad de fondos permitiese ofertar muchas o pocas plazas en un momento dado. Esto es, el horizonte debe quedar claro tanto si es prometedor como si es paupérrimo, por tanto no se trata de un asunto principalmente económico. Quizá sería también el momento de pensar en una financiación mixta de la renta del investigador profesional, componiéndola con un fijo mínimo y una cantidad variable en función de los resultados para huir así definitivamente de la excesiva funcionarización y del café para todos. En Ciencia existen múltiples indicadores objetivos para hacer esto limpiamente y aprovechar además los instrumentos de evaluación para reforzar la dedicación en aquellas parcelas que son más deficitarias en nuestro sistema (por ejemplo, la generación de patentes explotables).
Un nuevo modelo de regulación debería también abrirse para dar cabida a los clínicos que tratan de compatibilizar trabajos de investigación y labor asistencial en el hospital o en atención primaria. Sin ellos apenas podrían existir ni la investigación clínica (obviamente) ni tampoco la investigación traslacional, y sin embargo hoy en día apenas existen incentivos para favorecer una tarea que debería conllevar beneficios tangibles para la carrera profesional (complementos económicos, puntos para concursos de plazas, reducción de actividad asistencial, etc.). Es más, como recientemente propuse en un foro organizado por la Fundación Gaspar Casal el pasado 30 de enero, creo que sería de gran interés potenciar mucho más las actividades de investigación dentro de los programas formativos de las especializaciones sanitarias, siguiendo así el modelo americano.
En definitiva, no sólo son económicos los problemas a los que nos enfrentamos para consolidar la investigación en salud, y en el capítulo de personal se reúne una buena parte de las mayores dificultades. Abordarlas con la mentalidad y el ánimo de crecer está en mano de cualquiera de nuestros gestores sanitarios, cada uno a su nivel.
REFERENCIAS
(1) Grupo de Investigación en Evaluación y Transferencia Científica CSIC/CCHS (2013). Seguimiento y Evaluación del Programa de Contratos “Miguel Servet”. Informe de avance. Accesible en: http://www.investigacion.cchs.csic.es/miguelservet/es/news (8 abril 2013)
(2) Alguacil LF, Salas E, González-Martín C (2011). ¿Qué es la investigación traslacional? Apuntes de Ciencia (Boletín científico del HGUCR). Accesible en: http://apuntes.hgucr.es/2011/07/01/%c2%bfque-es-la-investigacion-traslacional/ (8 abril 2013)
(3) Asociación Nacional de Investigadores Hospitalarios http://www.anih-es.org/
Entre los principales resultados que se recogen en el informe del ETC, los autores destacan la reducción en las expectativas de estabilidad que los investigadores reflejan en sus cuestionarios; de hecho, se trata de la principal debilidad del programa percibida por los encuestados. Además, si se tiene en cuenta que estos últimos no se encuentran aún en su último año de contrato al rellenar las encuestas, las cifras obtenidas presagian un mal dato al final del mismo (que tiene seis años de duración). Estos relevantes hallazgos vienen a confirmar de una forma objetiva mi percepción (y la de otros compañeros) de que existe una inestabilidad extrema en la investigación traslacional de nuestro país, por cuanto los principales actores de la misma tienden a abandonar el barco o son instados a ello por las circunstancias. Recordemos que la investigación traslacional es aquella que trata de aplicar con la mayor rapidez posible los avances de la Ciencia básica a los problemas reales de salud de la población, acercando así el laboratorio a la clínica (2); en este contexto, resulta imprescindible incorporar investigadores básicos a los hospitales y que su interacción con los clínicos llegue a producir un lenguaje y unos intereses comunes en beneficio de los pacientes. Si los básicos no llegan a los hospitales o salen de ellos la investigación en salud se debilita, agravándose así aún más en el sector sanitario la preocupante situación del sistema general de I+D+i, ya muy mermado de base por los recortes de recursos públicos y privados que se derivan de la crisis económica y de las políticas que se están aplicando en relación con la misma. Esto es, en sanidad no sólo son escasos los recursos, sino que falta además un perfil definido específico que oriente la carrera profesional de aquéllos que pretendan ser investigadores a tiempo completo (a diferencia de lo que ocurre en universidades u otros organismos como el CSIC).
Hay que precisar que este problema no es nuevo ni mucho menos. De hecho, la clarificación del perfil del investigador sanitario está en el ánimo de diversas iniciativas legislativas en el ámbito de la Ciencia y es desde hace años la principal reivindicación del colectivo de profesionales que se agrupan en torno a la Asociación Nacional de Investigadores Hospitalarios (ANIH) (3), entre otras asociaciones de investigadores. Lo que está ocurriendo en el día de hoy es que se está dando una exacerbación aguda de la patología, por hablar en términos propios de nuestra jerga. En mi caso en concreto he podido vivir el problema con toda su intensidad en el ámbito de Castilla-La Mancha,en donde en poco más de tres años se ha pasado de la euforia y la expansión a una debacle escalonada en la que las convocatorias regionales de proyectos y contratos de personal investigador han desaparecido, un número significativo de investigadores pre y posdoctorales no han visto renovados sus contratos o han sido directamente despedidos y algún investigador del programa Ramón y Cajal no ha sido estabilizado a pesar de haber dibujado una trayectoria excelente. Y eso sin entrar en detalles mucho más escabrosos, como la temporal (espero) desaparición de la financiación externa obtenida en convocatorias competitivas por los grupos de investigación de la región.
No me gustaría que mi reflexión se utilizase de forma partidista, interpretándose como una crítica a la gestión de un grupo político determinado, ya que no me interesa demasiado quién tiene la culpa de la situación en la que estamos, sino la forma de salir de ella. Así, creo que resultaría muy útil regular de una vez por todas la carrera profesional del investigador sanitario contemplando distintos niveles de progreso en la misma y dotándola de un futuro menos incierto, independientemente de que la disponibilidad de fondos permitiese ofertar muchas o pocas plazas en un momento dado. Esto es, el horizonte debe quedar claro tanto si es prometedor como si es paupérrimo, por tanto no se trata de un asunto principalmente económico. Quizá sería también el momento de pensar en una financiación mixta de la renta del investigador profesional, componiéndola con un fijo mínimo y una cantidad variable en función de los resultados para huir así definitivamente de la excesiva funcionarización y del café para todos. En Ciencia existen múltiples indicadores objetivos para hacer esto limpiamente y aprovechar además los instrumentos de evaluación para reforzar la dedicación en aquellas parcelas que son más deficitarias en nuestro sistema (por ejemplo, la generación de patentes explotables).
Un nuevo modelo de regulación debería también abrirse para dar cabida a los clínicos que tratan de compatibilizar trabajos de investigación y labor asistencial en el hospital o en atención primaria. Sin ellos apenas podrían existir ni la investigación clínica (obviamente) ni tampoco la investigación traslacional, y sin embargo hoy en día apenas existen incentivos para favorecer una tarea que debería conllevar beneficios tangibles para la carrera profesional (complementos económicos, puntos para concursos de plazas, reducción de actividad asistencial, etc.). Es más, como recientemente propuse en un foro organizado por la Fundación Gaspar Casal el pasado 30 de enero, creo que sería de gran interés potenciar mucho más las actividades de investigación dentro de los programas formativos de las especializaciones sanitarias, siguiendo así el modelo americano.
En definitiva, no sólo son económicos los problemas a los que nos enfrentamos para consolidar la investigación en salud, y en el capítulo de personal se reúne una buena parte de las mayores dificultades. Abordarlas con la mentalidad y el ánimo de crecer está en mano de cualquiera de nuestros gestores sanitarios, cada uno a su nivel.
REFERENCIAS
(1) Grupo de Investigación en Evaluación y Transferencia Científica CSIC/CCHS (2013). Seguimiento y Evaluación del Programa de Contratos “Miguel Servet”. Informe de avance. Accesible en: http://www.investigacion.cchs.csic.es/miguelservet/es/news (8 abril 2013)
(2) Alguacil LF, Salas E, González-Martín C (2011). ¿Qué es la investigación traslacional? Apuntes de Ciencia (Boletín científico del HGUCR). Accesible en: http://apuntes.hgucr.es/2011/07/01/%c2%bfque-es-la-investigacion-traslacional/ (8 abril 2013)
(3) Asociación Nacional de Investigadores Hospitalarios http://www.anih-es.org/
domingo, 13 de enero de 2013
Nacionalismo y Nazionalismo
En estos meses vivo con desilusión, tristeza y alarma el triunfo de las ideas nacionalistas en Cataluña.
Siempre he considerado muy positivo para todo el país que los catalanes “tiraran” del resto de nosotros en tantos y tantos campos. Tengo entre mis referentes más significativos a muchos catalanes individuales o en grupo: no concibo el teatro sin Els Comediants, Els Joglars o La Fura, ni la música y la poesía sin Serrat, o la ciencia sin Fuster, Guinovart o Massagué, por poner sólo algunos ejemplos que me vienen enseguida a la cabeza, casi sin pensar. En muchas de estas personas reconozco un cierto estereotipo que me he definido a mi mismo como el “catalán universal”: original, inteligente, abierto; amante de su tierra, como no puede ser de otra manera, pero al mismo tiempo global en sus concepciones sobre el hombre y el mundo, y por ende muy poco interesado en poner fronteras donde no las hay (más bien en derruir muchas o todas las que hay). De este “catalán universal” siempre he recibido buenas sensaciones, siempre le he sentido muy cercano, le he admirado y he buscado su complicidad. Otros catalanes a los que siento tan cercanos o más aún que los anteriores son mis familiares y amigos de allí, algunos de los cuales sino la mayoría son también claramente “catalanes universales”. Me gustaría que la inmensa mayoría de catalanes tendiera hacia ese perfil exactamente en la misma medida que lo deseo para el resto de la humanidad; por eso, cuando percibo que el modelo triunfante puede ser otro, en primer lugar lo que me domina es la desilusión.
El modelo nacionalista antepone el concepto nación a cualquier otro a la hora de identificarse y establecer objetivos, esto es innegable porque en caso contrario los nacionalistas se harían llamar de otra manera. Lo universal existe, pero queda por detrás: lo primero es la Patria, un concepto que me chirría. Las proyecciones de este modelo deberían ser obvias: en el campo de la solidaridad, por ejemplo, antes ser solidario con un nacional que con un extranjero, independientemente del grado de necesidad de uno y otro. El modelo nacionalista personalmente me desagrada: preferiría así que se gastasen mis impuestos en un colegio en la India antes de que se usaran para engordar la jubilación millonaria de un banquero español. Y viniéndome más cerca, desde luego prefiero subsidiar a un jornalero andaluz desempleado antes que contribuir a asfaltar el acceso a la finca particular de un madrileño adinerado. La historia nos enseña claramente que el nacionalismo es ante todo un invento burgués destinado a cimentar la primacía económica de un grupúsculo endémico en detrimento de algún otro poder económico que se califica como foráneo, quedando todo lo demás en un segundo plano. El dinero debe quedar en casa, cómo se reparta luego es secundario. Ante tal prioridad aquellos grupúsculos, actuando como élites locales, han exhibido a lo largo de la historia argumentos étnicos o lingüísticos para aglutinar en torno a ellos a todos los nacionales, contraponiéndolos a un cierto “enemigo” exterior de distinta raza o lengua que amenaza desde el otro lado de una frontera a menudo imaginaria. Un engañabobos que puede resultar muy atractivo convenientemente envuelto en una bandera de colorines llamativos. Los nacionalistas –españoles, catalanes, alemanes…- no me son pues simpáticos porque mis prioridades y mis valores son otros, y allá donde triunfan veo derrotada la solidaridad entre los pueblos, el mestizaje y la riqueza de la diversidad. El juego es triste aunque a veces parezca simplemente cómico, como ocurre en aquellas ocasiones en las que los padres de la Patria llegan a deformar la historia y la realidad de una manera tan grotesca que cualquier librepensante puede llegar a retorcerse de la risa. A pesar de todo esto, los nacionalistas no son necesariamente mis enemigos. Sólo lo son cuando se convierten en nazionalistas.
El cambio de la “c” por la “z” ocurre cuando el orgullo por lo “propio” se ve superado por la emergencia del rechazo ante lo ajeno, de tal forma que el desprecio o el desdén (ya de por sí odiosos) crecen desaforadamente hasta llegar a la persecución y la marginación del distinto. Este último se convierte así en el estereotipo de la maldad y de la agresión hacia la Patria, y merece por tanto ser fulminado. Hablamos de los nazis alemanes – y de todos sus votantes adocenados- versus los judíos en los años 1930, por poner un ejemplo reconocido universalmente (podrían reconocerse otros muchos). ¿Es esto lo que pasa en Cataluña hoy día en relación con los españoles? Afortunadamente no; hasta la fecha todas las reivindicaciones nacionalistas, incluyendo la búsqueda de la independencia, vienen fluyendo por cauces democráticos y son por tanto legítimas e intachables porque se baten en la arena de la libertad. Pero ojo: ¿Podría llegar a ocurrir? Desgraciadamente sí.
Cuando afirmo que esta amenaza es real es porque he visitado páginas y blogs de nacionalistas catalanes y he visto claramente que en muchas de sus mentes va anidando la odiosa “z”. Se comienza dibujando mapas un tanto inocentes de Cataluña o los Estados Unidos Catalanes y discutiéndose los territorios que deberían incluirse o excluirse (una discusión hilarante), pero se continúa afirmando cosas tales como que todos los españoles son sangrientos personajes amantes de dar muerte a los toros mientras que todos los catalanes son ilustres humanistas (esto ya empieza a ser tan triste como cómico), hasta llegar a utilizarse expresiones como “están cagados” “vamos a por ellos” y otras de este tipo, ya claramente nazionalistas. Los individuos nazionalistas, en tanto que potenciales agresores de otras personas, son fascistas y por tanto enemigos de cualquier amante del Hombre. Y conmino a todos, catalanes, españoles y personas de cualquier otro origen, a combatirlos activamente siempre, desde la razón o incluso desde la fuerza si llegase el caso de que pasaran a agredir a cualquier ser humano. Estemos atentos, por favor.
viernes, 2 de septiembre de 2011
Ciencia básica y aplicada: ¿Cuál es la progresista? ¿Cuál la conservadora?
El artículo de opinión firmado en EL PAIS del miércoles 24 de agosto por los profesores Carlos Martínez Alonso y Javier López Facal pone de nuevo sobre el tapete un debate antiguo e inconcluso. Un debate en el que, a mi modo de ver y según las épocas, las posiciones conservadoras o progresistas en torno a la naturaleza de la actividad investigadora pueden fluctuar tanto como para tornarse irreconocibles. El encendido elogio de la ciencia básica, progresista en este momento a los ojos de los autores mencionados, se opone a un supuesto modelo conservador en el que la aplicabilidad arrincona los buenos valores de equidad, transparencia o capacidad crítica intrínsecos a la investigación fundamental en beneficio del mercado. Esta línea de pensamiento viene repitiéndose en los últimos años en distintos foros desde los que investigadores principalmente básicos tratan de contrarrestar la “única” política pública que penaliza un tipo de investigación sin aplicabilidad evidente o inmediata para primar la investigación aplicada. Cierto es que si esa política es en efecto única y de dichas características, está llamada a empobrecer el acerbo cultural y el progreso de la humanidad. Pero ese escenario no debe hacernos olvidar que existe otro peligroso extremo, históricamente prevaleciente en nuestro medio, en el que la tradición ha pesado tanto como para apoyar incondicional y sesgadamente a unos pocos grupos en ocasiones anclados perezosamente a una ciencia fundamental mediocre, siguiendo una dinámica que tampoco parece inteligente, justa o progresista. Llegado este momento me parece conveniente refrescar la memoria en este sentido.
La investigación denominada “aplicada” con frecuencia se produce en la industria y de forma característica se traduce en patentes, que de ser explotadas pueden redundar en un beneficio para la población a corto plazo. En principio, no parece que haya nada malo en dicha aplicabilidad: ¿Quién no desea que sea su hijo antes que su bisnieto el primero en poder mejorar su calidad de vida beneficiándose, por ejemplo, de los efectos de un nuevo medicamento? Diversos estudios e informes sobre la actividad investigadora reciente en nuestro país han puesto de manifiesto un incremento notable de las publicaciones científicas en campos como la Biotecnología que sin embargo no se ha acompañado de un impulso proporcional en el número de patentes, lo que tiende a mostrar que la aplicabilidad inmediata de nuestros esfuerzos es aún escasa y así parece que lo progresista consistiría precisamente en incrementarla para mejorar nuestro Estado de Bienestar, al menos (aunque no exclusivamente) en el corto plazo. Pero hay fuertes obstáculos para avanzar en esta dirección. Por una parte, la investigación industrial privada en campos como el farmacéutico (uno de los sectores productivos más innovadores) goza en general de muy mala prensa, sin que se hayan podido o sabido discutir ni contrarrestar los deletéreos efectos de relatos, películas o novelas como “El jardinero fiel” de un genial Le Carré. Me atrevo a pronosticar algo semejante tras el estreno de “El origen del planeta de los simios”. Muy a menudo, tampoco los investigadores que trabajan en compañías privadas son lo suficientemente bien valorados ni por la población en general ni, lo que es más grave, por el establishment científico oficial, autoproclamado en ocasiones guardián de los valores de la Ciencia Pura. El viernes 26 de agosto, también en EL PAIS, se hacía notar la poca movilidad existente en el mercado laboral español entre la empresa privada y la administración pública, y esto puede llegar a la parálisis cuando hablamos de investigación: así, como evaluador y como evaluado, puedo atestiguar en primera persona que la universidad y las agencias públicas de evaluación de la investigación tienden a menospreciar la investigación industrial aplicada en el currículo de aquéllos que pretenden colaborar con la academia, en detrimento de trayectorias clásicas de perfil básico más ajustadas a la tradición. Como resultado de lo anterior, el intercambio de conocimientos y tecnología entre el mundo de la industria y el mundo académico y científico oficial está a menudo seria e injustificadamente limitado, con el consiguiente empobrecimiento para todos. Justo es reconocer que este problema excede a nuestras fronteras como ha puesto de manifiesto la propia Unión Europea identificando las dificultades en la incorporación de profesionales de la industria a la docencia universitaria como una traba importante para el desarrollo de medicamentos innovadores. Pero aún sin ser un fenómeno exclusivo de nuestro país, el divorcio cobra aquí singular importancia dada la raquítica contribución de nuestras empresas a la actividad investigadora global, lo que tiende a conducir a la extinción del investigador aplicado en ausencia de un nicho ecológico propio, público o privado.
Otro punto que querría destacar es que la investigación fundamental no es intrínsecamente buena y deseable en todos los casos, ni mucho menos. Les propongo un ejercicio: visiten Vds. la página web de los premios Ig Nobel (http://improbable.com/ig/) y lean por favor los títulos de artículos de investigación (mayoritariamente básica) que allí se recogen; ahora, escojan uno de ellos que les haya hecho mucha gracia, y supongan que ha sido subvencionado a fondo perdido por un estado cuyos ciudadanos sufren carencias en relación con la asistencia sanitaria o los subsidios de desempleo, pongamos por caso. ¿Les sigue haciendo gracia la situación? Pues créanme que puede que sea real. En una magnífica conferencia pronunciada por Manuel Toharia en la Residencia de Estudiantes hace algunos años a la que tuve el placer de asistir, el orador expuso con su habitual brillantez tres fuentes de las que nunca debe beber la Ciencia de forma exclusiva en su búsqueda de la verdad: La Autoridad (lo que dicen los autores prestigiosos es automáticamente reconocido como verdad), la Tradición (lo que siempre se ha dicho se asume que es verdad) y la Revelación (ya que la verdad revelada es artículo de fe, y objeto por tanto de la Religión). Pues bien, me atrevo a afirmar que en nuestro mundo real, y especialmente en algunas áreas de conocimiento, la Autoridad y la Tradición han funcionado como poderosos imanes capaces de acumular los recursos públicos en torno a grupos básicos muy determinados, sin que la calidad ni la proyección potencial de sus propuestas fuese siempre objetivamente superior a las de otros grupos, y sin que la productividad científica de los privilegiados haya justificado en muchas ocasiones la continuidad de la financiación. Más que Escuelas, esos grupos han tendido a formar Familias. Afortunadamente, en los últimos años se ha avanzado de forma importante en la corrección de estos sesgos y ya se empieza a ver, por ejemplo, que los grupos más improductivos de instituciones públicas de investigación empiezan a perder espacio de laboratorio en beneficio de los más productivos. Pero hay mucho que avanzar aún por esta senda, muy especialmente en la Universidad.
El propósito de todas estas reflexiones no es otro que el de contribuir a mitigar una posible tendencia a establecer asociaciones dicotómicas simples entre ciencia básica, progresismo, academia y bienestar, por un lado, y entre ciencia aplicada, conservadurismo, industria y mercado, por otra. Mi percepción es que artículos como el mencionado de los profesores Martínez y López Facal refuerzan dicha tendencia en la población aún sin pretenderlo. Y me consta que no lo persiguen, como muy bien demuestra la trayectoria del propio profesor Carlos Martínez, capaz en su momento de alojar todo un equipo de investigación de una industria farmacéutica en el seno de su propio departamento del Centro Nacional de Biotecnología, decisión fuertemente criticada por aquel entonces. Si hay que establecer binomios ni siquiera es estrictamente válido el formado por ciencia básica y ciencia aplicada, por cuanto método científico sólo hay uno, toda investigación fundamental es potencialmente aplicable a corto, medio o largo plazo, y todo avance tecnológico puede terminar fundamentando la Ciencia (como la máquina de vapor hizo con la Termodinámica, ejemplo muy querido al prestigioso historiador de la Ciencia José Manuel Sánchez Ron). La actividad científica es simplemente buena o mala, y lo que es perentorio en un momento de dificultad económica es asentar los mecanismos objetivos que permitan identificar y potenciar la primera aunque ello conlleve que los grupos “de siempre” puedan encontrar más dificultades para financiarse.
La investigación denominada “aplicada” con frecuencia se produce en la industria y de forma característica se traduce en patentes, que de ser explotadas pueden redundar en un beneficio para la población a corto plazo. En principio, no parece que haya nada malo en dicha aplicabilidad: ¿Quién no desea que sea su hijo antes que su bisnieto el primero en poder mejorar su calidad de vida beneficiándose, por ejemplo, de los efectos de un nuevo medicamento? Diversos estudios e informes sobre la actividad investigadora reciente en nuestro país han puesto de manifiesto un incremento notable de las publicaciones científicas en campos como la Biotecnología que sin embargo no se ha acompañado de un impulso proporcional en el número de patentes, lo que tiende a mostrar que la aplicabilidad inmediata de nuestros esfuerzos es aún escasa y así parece que lo progresista consistiría precisamente en incrementarla para mejorar nuestro Estado de Bienestar, al menos (aunque no exclusivamente) en el corto plazo. Pero hay fuertes obstáculos para avanzar en esta dirección. Por una parte, la investigación industrial privada en campos como el farmacéutico (uno de los sectores productivos más innovadores) goza en general de muy mala prensa, sin que se hayan podido o sabido discutir ni contrarrestar los deletéreos efectos de relatos, películas o novelas como “El jardinero fiel” de un genial Le Carré. Me atrevo a pronosticar algo semejante tras el estreno de “El origen del planeta de los simios”. Muy a menudo, tampoco los investigadores que trabajan en compañías privadas son lo suficientemente bien valorados ni por la población en general ni, lo que es más grave, por el establishment científico oficial, autoproclamado en ocasiones guardián de los valores de la Ciencia Pura. El viernes 26 de agosto, también en EL PAIS, se hacía notar la poca movilidad existente en el mercado laboral español entre la empresa privada y la administración pública, y esto puede llegar a la parálisis cuando hablamos de investigación: así, como evaluador y como evaluado, puedo atestiguar en primera persona que la universidad y las agencias públicas de evaluación de la investigación tienden a menospreciar la investigación industrial aplicada en el currículo de aquéllos que pretenden colaborar con la academia, en detrimento de trayectorias clásicas de perfil básico más ajustadas a la tradición. Como resultado de lo anterior, el intercambio de conocimientos y tecnología entre el mundo de la industria y el mundo académico y científico oficial está a menudo seria e injustificadamente limitado, con el consiguiente empobrecimiento para todos. Justo es reconocer que este problema excede a nuestras fronteras como ha puesto de manifiesto la propia Unión Europea identificando las dificultades en la incorporación de profesionales de la industria a la docencia universitaria como una traba importante para el desarrollo de medicamentos innovadores. Pero aún sin ser un fenómeno exclusivo de nuestro país, el divorcio cobra aquí singular importancia dada la raquítica contribución de nuestras empresas a la actividad investigadora global, lo que tiende a conducir a la extinción del investigador aplicado en ausencia de un nicho ecológico propio, público o privado.
Otro punto que querría destacar es que la investigación fundamental no es intrínsecamente buena y deseable en todos los casos, ni mucho menos. Les propongo un ejercicio: visiten Vds. la página web de los premios Ig Nobel (http://improbable.com/ig/) y lean por favor los títulos de artículos de investigación (mayoritariamente básica) que allí se recogen; ahora, escojan uno de ellos que les haya hecho mucha gracia, y supongan que ha sido subvencionado a fondo perdido por un estado cuyos ciudadanos sufren carencias en relación con la asistencia sanitaria o los subsidios de desempleo, pongamos por caso. ¿Les sigue haciendo gracia la situación? Pues créanme que puede que sea real. En una magnífica conferencia pronunciada por Manuel Toharia en la Residencia de Estudiantes hace algunos años a la que tuve el placer de asistir, el orador expuso con su habitual brillantez tres fuentes de las que nunca debe beber la Ciencia de forma exclusiva en su búsqueda de la verdad: La Autoridad (lo que dicen los autores prestigiosos es automáticamente reconocido como verdad), la Tradición (lo que siempre se ha dicho se asume que es verdad) y la Revelación (ya que la verdad revelada es artículo de fe, y objeto por tanto de la Religión). Pues bien, me atrevo a afirmar que en nuestro mundo real, y especialmente en algunas áreas de conocimiento, la Autoridad y la Tradición han funcionado como poderosos imanes capaces de acumular los recursos públicos en torno a grupos básicos muy determinados, sin que la calidad ni la proyección potencial de sus propuestas fuese siempre objetivamente superior a las de otros grupos, y sin que la productividad científica de los privilegiados haya justificado en muchas ocasiones la continuidad de la financiación. Más que Escuelas, esos grupos han tendido a formar Familias. Afortunadamente, en los últimos años se ha avanzado de forma importante en la corrección de estos sesgos y ya se empieza a ver, por ejemplo, que los grupos más improductivos de instituciones públicas de investigación empiezan a perder espacio de laboratorio en beneficio de los más productivos. Pero hay mucho que avanzar aún por esta senda, muy especialmente en la Universidad.
El propósito de todas estas reflexiones no es otro que el de contribuir a mitigar una posible tendencia a establecer asociaciones dicotómicas simples entre ciencia básica, progresismo, academia y bienestar, por un lado, y entre ciencia aplicada, conservadurismo, industria y mercado, por otra. Mi percepción es que artículos como el mencionado de los profesores Martínez y López Facal refuerzan dicha tendencia en la población aún sin pretenderlo. Y me consta que no lo persiguen, como muy bien demuestra la trayectoria del propio profesor Carlos Martínez, capaz en su momento de alojar todo un equipo de investigación de una industria farmacéutica en el seno de su propio departamento del Centro Nacional de Biotecnología, decisión fuertemente criticada por aquel entonces. Si hay que establecer binomios ni siquiera es estrictamente válido el formado por ciencia básica y ciencia aplicada, por cuanto método científico sólo hay uno, toda investigación fundamental es potencialmente aplicable a corto, medio o largo plazo, y todo avance tecnológico puede terminar fundamentando la Ciencia (como la máquina de vapor hizo con la Termodinámica, ejemplo muy querido al prestigioso historiador de la Ciencia José Manuel Sánchez Ron). La actividad científica es simplemente buena o mala, y lo que es perentorio en un momento de dificultad económica es asentar los mecanismos objetivos que permitan identificar y potenciar la primera aunque ello conlleve que los grupos “de siempre” puedan encontrar más dificultades para financiarse.
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